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José Hierro nació en 1922 en Madrid, la ciudad en la que falleció en 2002. Cuando tenía 2 años se trasladó con su familia a Santander y no volvería a la capital hasta 1946 después de sus estudios de perito, la guerra, la cárcel a su término y unos años de residencia en Valencia. Es uno de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, o algo más porque sus primeros poemarios son de 1942. Nadie dudó desde entonces que era un gran poeta, con una rara profundidad mostrada siempre con sencillez, con un espectacular sentido del ritmo. Se destacó al comienzo de su obra poética el carácter social de sus versos pero luego se fue viendo que era mucho más y, en la historia de nuestra poesía, es el puente y el engarce entre la Generación del 27 y la poesía posterior a su grupo de posguerra.
Si Jacques Prevert era “el poeta de los bistrots”, Hierro fue el de los cafés de Madrid, en los que le gustaba escribir por el atavismo de no poder hacerlo en su casa. Hombre entrañable, comprometido, reconocido internacionalmemnte, con una amplia trayectoria periodística, especialmente como crítico de arte. En 1999 fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua pero no pudo leer su discurso de ingreso. En 200 sufrió un infarto y su salud se fue deteriorando hasta su muerte en 2002.
Le conocí en Nueva York -me lo presentó Luis García Montero- y coincidí con él poco después en el avión de vuelta a Madrid. No volví a encontrarle. He elegido para este domingo el poema “Las nubes” (del libro Cuanto sé de mi) porque me gusta y porque, cuando el avión que nos traía se elevó en el cielo, él, que estaba sentado en la fila de asientos posterior a la mía, me tocó en el hombro y me dijo: “Mira las nubes”. Ojalá pudiera ver en ellas lo mucho que veía Pepe Hierro.

LAS NUBES

Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas, detrás de las nubes,
huellas que se llevó el viento.

Buscas las manos calientes,
los rostros de los que se fueron,
el círculo donde yerran
tocando sus instrumentos.

Nubes que eran ritmo, canto
sin final y sin comienzo,
campanas de espumas pálidas
volteando su secreto,

palmas de mármol, criaturas
girando al compás del tiempo,
imitándole a la vida
su perpetuo movimiento.

Inútilmente interrogas
desde tus párpados ciegos.
¿Qué haces mirando a las nubes,
José Hierro?

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