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Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938) es un tipo excepcional, para que nos vamos a engañar. Es uno de los poetas más importantes de las actuales letras catalanas y de las españolas en general y, además, catedrático de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Barcelona y uno de los arquitectos que participaron en el diseño y construcción del Estadio Olímpico de Barcelona. Una vez, hace ya muchos años, le dije en un coloquio sobre poesía en la Universidad de Lleida, medio en broma, medio en serio, que estaba seguro de que era una persona importante pero no sabía si era más por el Estadio Olímpico o por sus poemas, que él mismo traduce al español. “Por mis amigos”, me dijo muy seguro.
Desde 1999 se publican, para gozo de los lectores en las dos lenguas, ediciones bilingües de sus poemarios: “Estación de Francia”, “Cien poemas”, “Poesía amorosa completa”. No tengo a mano el impresionante libro “Joana”, dedicado a su hija fallecida a los 30 años, pero os dejo con uno de los poemas de “Casa de misericordia”, magnífico libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía, el Rosalía de Castro y el de Poesía de Catalunya en 2008. Las casas de misericordia le parecían, tras la guerra, instituciones rigurosas y a menudo malvadas pero la intemperie era mucho más espantosa. De igual modo, la poesía quizá sirve “para ayudar a soportar el dolor y las carencias”. No hay nada más: “si esto es triste, mucho más triste es la intemperie sin los versos”.

LA PRIMERA VEZ

La cita fue en la plaza Cataluña,
delante de la hilera de relojes
que marcaban la hora en las ciudades del mundo.
Ya no he dejado nunca de reír o de llorar por ti.
La luna ha estado siempre en las ventanas
de nuestra vida, en los cristales fríos
como un reloj de aquellos, que ahora marcan
el ayer y el mañana en nuestro amor.
En alguna ciudad del pensamiento
te estaré amando
cuando marque tu hora solitaria
la esfera de la luna sobre el mar.

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