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Dice el tópico –algunos citan la ironía de Tierno Galván- que los programas electorales se hacen, precisamente, para no cumplirse, como si fuesen sólo una florida carta de presentación o, en todo caso, una mera declaración de intenciones que hay que tomar “en su debido término”. Rechazar esta suerte de cinismo no exige, a mi juicio, tomar un programa electoral como un dogma cuando las circunstancias obligan, a poco sentido común que se ponga en ello, a rectificarlo. Claude Levi-Strauss ponía como ejemplo de una absurda fidelidad a un programa, ajena a la consideración de las circunstancias, el caso del jefe del tren que llevaba a Burdeos, para que huyeran de la persecución, a un numeroso grupo de judíos franceses. Durante el trayecto, la ciudad de destino fue tomada por los nazis pero él no quiso alejarse de la promesa que había hecho a las autoridades: llevaría a los judíos hasta el puerto de Burdeos. Y los llevó. Al encarcelamiento y, en muchos casos, a la muerte.

La anunciada política del PP de contención y, en algunos casos, bajada de impuestos se ha venido abajo con tanta rapidez y contundencia que no deja de llamar la atención, pero había que plantearse si permanecer fiel a aquellas promesas no sería, para la economía española, una fidelidad suicida. Si el déficit público de 2011 termina en torno al 8% la cifra que se estimó de recorte (alrededor de 16.500 millones de euros) es a todas luces insuficiente tanto para cumplir los compromisos europeos como para no encaminarse a la ruina por la vía del endeudamiento y los intereses descomunales. Puede reprocharse al PP, por no dar crédito, que no supiera antes del pasado 20 de noviembre que las cosas eran así, como muchos analistas presagiaron, del mismo modo que puede censurarse al PSOE que la cifra oficial de déficit que se daba resultaba increíble, pero estas críticas no afectan al fondo: si las necesidades son sensiblemente mayores que las anunciadas o teóricamente aceptadas no hay más remedio, como primera y urgente medida, que recortar dramáticamente prestaciones o aumentar los impuestos. Y no hay otro remedio ahora porque las reformas, que deberían iniciarse con más premura que la de estas primeras semanas del Gobierno de Rajoy, muestran su eficacia con más lentitud que las operaciones de caja.

Lo que, sin embargo, era preciso y sigue siéndolo, son las explicaciones más detalladas (desde luego más que las invocaciones al sacrificio y a la necesidad). La democracia es un sistema de opinión pública y el Gobierno debe comportarse como una institución que explica y trata de convencer en vez de como un opositor avezado que determina inopinadamente la solución técnica a la que los demás no alcanzan. La confianza, necesaria para la recuperación y a la que tantas veces a aludido el presidente Rajoy cuando estaba en la Oposición, no se genera siendo “previsible” ni pertinaz, sino siendo convincente. Y, aunque una mayoría intuya que la cirugía invasiva es imprescindible, sigue siendo una asignatura pendiente.

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