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Tras la muerte de Valclav Havel el pasado mes de diciembre, Le Monde le despedía subrayando que el ex presidente de la República Checa –que, muy enfermo, acababa de entrevistarse con el Dalai Lama y de apoyar las protestas de la oposición rusa- había sido un disidente hasta el último día. Todos los seres humanos tienen claroscuros, y los contrastes se ven más marcados en los que han tenido tan larga actividad pública, pero el balance de la vida de Havel ofrece un resultado impresionante hasta el punto de que, tras su fallecimiento, hay que rebuscar mucho en el panorama europeo para encontrar otros “aventureros de la democracia y visionarios humanistas”, como dice el citado periódico francés.

Havel, se esté o no de acuerdo con sus ideas políticas, tuvo la virtud de reflexionar críticamente sobre la actividad pública y exigir (y exigirse a sí mismo) la identificación de lo que se consideraba bueno –como dijo de él Obama- y luchar por ello por encima del pragmatismo de elegir sólo lo posible o la comodidad de no arriesgarse. En estos momentos de tribulación en Europa, no cejó nunca de defender una Unión que estuviera basada en la política (en la democracia) y en la libertad.

Pero un disidente no es un ideólogo ni el promotor de una determinada doctrina, sino el que, para defender las libertades, los derechos humanos y la confrontación respetuosa de todas las ideas, sabe y se empeña en decir que no, cueste lo que cueste, cuando se rebasan los límites en los que todo aquello es posible. Lo hizo contra el comunismo y contra todas las degradaciones, pasadas o actuales, de la civilidad y la ética. Descanse ahora en paz.

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