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Joseph Brodsky nació en San Petesburgo (entonces Leningrado) en 1940. Perteneció al grupo de escritores disidentes con el régimen comunista de su ciudad y en 1964 fue sometido a un vergonzoso proceso judicial acusado de “parasitismo social” por el que fue condenado a trabajos forzados en el campo penitenciario de Arjánguelsk. Tuve el honor de publicar en España, aunque ya años después, las actas de este juicio en la revista “Reverso” que entonces dirigía. En 1972, después de años de ostracismo, se exilió en Estados Unidos y adquirió la nacionalidad estadounidense en 1977. En 1987 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literarura y murió en Nueva York en 1996.
Hijo de un fotógrafo judío, desde 1962 escribía cada año, para sus amigos, un “Poema de Navidad” o de Año Nuevo. Lo hizo hasta su muerte salvo muy escasas ocasiones (como, por ejemplo, su encarcelamiento en 1964) y, desde 1972, en Venecia, lugar en al que viajaba en estas fiestas anuales. Es un poeta sencillo en el lenguaje pero profundo en los contenido, siempre consciente de que las palabras no tienen magia, es decir, no cambian las cosas, pero sí la virtualidad de impedir que algunas cosas sean aniquiladas. Os dejo, esta Navidad, el poema del 24 de diciembre de 1971, el último de esta serie escrito en Rusia.

24 DE DICIEMBRE DE 1971

En Navidad todos somos un poco Reyes Magos.
Empujones y barro en los abastos.
Por una caja de turrón de café,
gente cargada con montones de paquetes
emprende el asedio del mostrador:
cada cual hace de Rey y de camello.

Cestas, bolsas, paquetes, envoltorios,
corbatas torcidas, gorros.
Olor a vodka, a pino, a bacalao,
a mandarinas, a canela y a manzanas.
Un caos de caras y no se ve, entre la nieve,
el camino que lleva a Belén.

Y los portadores de estos modestos presentes
saltan a los transportes, se abalanzan sobre las puertas,
desaparecen en los huecos de los patios,
sabiendo incluso que el portal está vacío:
no hay animales, ni pesebre, ni Aquélla
sobre quien brilla un nimbo dorado.

El vacío es absoluto. Pero sólo al pensar en ella,
ves de pronto una luz que viene de quién sabe dónde.
Si Herodes supiese que, por más riguroso que fuera,
el milagro sería tanto más cierto, inevitable…
En el rigor de esa ley está
el mecanismo clave de la Navidad.

Y lo que se festeja ahora por todas partes
es Su Advenimiento, que pone juntas
todas las mesas. Aún, quizás, no necesiten la estrella:
aunque la buena voluntad de los hombres
se distingue de lejos,
y los pastores encendieron hogueras.

Cae la nieve. No echan humo sino suenan las trompetas
de las chimeneas en los tejados. Y las caras son manchas.
Herodes bebe. Las mujeres esconden a los chicos.
¿Quién se aproxima? –nadie lo sabe:
ignoramos cual es su señal, y los corazones
puede que no reconozcan al forastero.

Pero, cuando en el umbral el aire disuelve
la espesa niebla nocturna
y surge la figura con su manto,
al Niño y al Espíritu Santo,
los sientes dentro de ti sin avergonzarte;
miras al cielo y ves la estrella.

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