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Este agradable ejercicio de dejar cada domingo en el blog un poema sirve también para que recupere, aunque sea a través de unos versos, viejas amistades o encuentros con algunos de sus autores. A la colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1951) la conocí en Argentina hace ya no se cuantos años, en uno de los congresos sobre la lectura que organiza todos los meses de agosto en Resistencia el escritor Mempo Giardinelli. Algo debe tener Mempo para que esos encuentros, que reúnen a un nutrido grupo de escritores de Europa y América rodeados de miles -sí, miles- de profesores, maestros y estudiantes de El Chaco, sean cada año una fragua de amistades que duran toda la vida.
Piedad Bonnett me pareció, desde el primer momento, una mujer llena de sutileza e ironía, cuando hablaba de poesía y cuando lo hacía sobre la actualidad de su país. Al leer ahora los poemas del libro “Explicaciones no pedidas”, en el que se incluye el poema de este domingo y que ha obtenido el Premio Casa de América de este año que termina, compruebo que no ha perdido ninguna de esas cualidades.Y que es capaz, con poemas que hablan el mismo lenguaje que el lector, de mostrar, sin perder la contención, las emociones más vibrantes y las observaciones más expresivas sobre la vida, la vivida en el presente y la que se vive en la memoria.

ENCUENTRO FORTUITO

Una vez fuiste un ángel,
mi más bello demonio.

Horas hubo en que ardí en tu luz
                                                                   y horas
en que fuí por tus llamas arrasada.

Después fue la memoria.
Por ella fuí y volví como un buscador de oro
que se atreve al rastreo por terrenos minados.

El tiempo y yo limamos tus aristas.
Te hicimos un altar, te consagramos.

Pero la vida quiso que volvieras:
en pleno mediodía la calle te hizo humano,

sin alas y sin cuernos,
y tristemente helado.

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