Me fui a vivir a los Países Bajos en el verano de 1976, en pleno escándalo de compañía aeronáutica Lockheed ya que se supo que el Prince Bernardo, el marido de la reina Juliana, había aceptado una cantidad superior al millón de dólares por influir ante el Gobierno en beneficio de los intereses de la empresa norteamericana. Al llegar a Amsterdam me llamaron la atención dos cosas:. Una, la contundencia con que en los medios de comunicación y en numerosos sectores políticos se hablaba del príncipe, ya antes afectado por otras actividades polémicas y motivo de chanza de muchos holandeses. Si la Academia de la Lengua Española le había nombrado académico de honor por habla español, por ejemplo, en los Países Bajos repetían que Bernardo hablaba siete idiomas y ninguno bien. Y, segundo, que, en medio del escándalo y los informes cada vez más tremendos, cuando la reina amenazaba con abdicar si se juzgaba a su esposo, nadie ponía en cuestión la institución monárquica, que era, por otra parte, el modelo bajo el que habían vivido siempre.

Tenía yo un vago e impreciso recuerdo de que José María Pemán había escrito un libro dirigido a los escépticos ante la monarquía y, como yo lo era y estaba admirado por lo que veía en los Países Bajos, traté sin éxito de conseguirlo. Cansado de pesquisas editoriales, y como era entonces joven y atrevido, escribí a Pemán una carta (dirigida simplemente a D. José María Pemán, Cádiz, España) contándole mis dudas y sorpresas y pidiéndole ayuda para dar con la obra. El libro, en realidad, se titulaba “ Cartas a un escéptico en materia de formas gobierno” y, si era una defensa de la monarquía, no desde luego de la liberal. Pero, para mi sorpresa, al cabo de una semanas recibí un paquete con el libro, amablemente dedicado, y una carta en la que reconocía que la monarquía que se defendía en sus páginas no era la de hoy, la recientemente reestablecida en España, pero, que si no me convencía su lectura, me recomendaba un “sistema infalible”: “siga usted con atención lo que vaya haciendo el Rey don Juan Carlos y comprenderá y aceptará la utilidad de la monarquía”.

Meses después, durante una reunión de la Internacional Socialista celebrada en Amsterdam, tuve la oportunidad de conocer, gracias a la amable presentación de un jovencísimo Felipe González, al primer ministro socialista de los Países Bajos Joop den Uyl que había hecho poco antes una declaración en el Parlamento anunciando que el príncipe renunciaba a sus actividades públicas en organismos e instituciones, incluso a vestir el uniforme del Ejército. En un breve diálogo, lleno además de risas por mi pésimo conocimiento del idioma, le pregunté si la fidelidad a la monarquía de los holandeses, a pesar de todo, se debía al apego a una tradición. “No sólo –me dijo- también a la utilidad de la institución”.

La utilidad. A ella se refirió Pemán en su carta y den Uyl en su respuesta. Cuando aquí, en España, se habla de la indudable existencia de un “juancarlismo” se hace referencia a la opinión general de que su papel, desde el inicio de la Transición hasta ahora ha sido útil, ha tenido sentido. Si la Corona está bien valorada en todas las encuestas es por lo mismo. Y, por ello, el futuro de la monarquía, a mi parecer, no depende que se el Principe de Asturias vaya a suceder a su padre y ya no haya “juancarlismo”, sino de que siga viva, por su funcionamiento, la impresión general de su utilidad. Para lo demás basta con la ley.

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