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Anna Andreievna Gorenko (1889-1966) tomó el apellido de su bisabuela materna (Ajmátova) para firmar su obra poética y las traducciones que hizo al ruso de poemas de Tagore, Víctor Hugo o Leopardi. Era una muje alta, delgada, angulosa, a las que todos los que la trataron definen como seductora. El “Réquiem” es, sin dua, el poema de su vida: iniciado en 1935 con la impresión del confinamiento de su amigo Osip Mandelstam (“De madrugada vinieron a buscarte…”) fue una y otra vez interrumpido por el agotamiento intelectual o por el peso insoportable de la represión soviética. Los que abren su redacción definitva se añadieron en 1961, cinco años antes de su muerte.
La mayor parte de este poema (y, en concreto, la Dedicatoria que reproduzco este domingo) fue escrita entre 1939 y 1940. El “Réquiem” es el gran poema del terror estlinista que ella sufrio en primera persona. Su marido, Nikolai Gumiliov, con el que se sumó al movimiento acmeísta, fue fusilado. Su pareja en los años treinta, el historiador del arte Nikolái Punin, arrestado. Su amigo Mandelstam murió en los campos y otro poeta para ella muy querido del grupo de Petesburgo, Joseph Brodsky, encarcelado, sometido a un ignominioso proceso cuyas actas tuve el honor de publicar en español y expulsado del país. Su obra fue repetidamente prohibida y el “Réquiem” no pudo leerse en ruso hasta 1989. También su hijo, Lev Gumiliov, soportó la cárcel y largos periodos de internamiento en campos de trabajo en Siberia.
A la angustia y a la rebeldia de madre y de ciudadana responde “Réquiem”. En uno de sus epígrafes (“En vez de prólogo”, escrito en 1957) cuenta que, haciendo cola ante la cárcel, una mujer que la reconoció, le dijo “¿Y usted puede dar cuenta de esto?”. Ajmátova responió: “Puedo”. Y la lectura emocionante de este “Réquiem” da cuenta de que, efectivamente, y de qué manera, pudo.

RÉQUIEM
(Dedicatoria)

Puede una pena así mover montañas
y detener la corriente de un gran río,
pero no puede quebrar con su fuerza los cerrojos
que nos separan de las celdas y los presos
llenos de angustia mortal.
Hay quien respira el fresco de la brisa,
hay quien siente la dulzura del sol cuando se pone,
pero nosotras, en la desdicha compañeras,
oímos sólo el sonido ominoso de las llaves
y los pasos de plomo del soldado.
Nos levantábamos con para la misa del alba,
cruzábamos la ciudad embrutecida
y, más muertas que vivas, nos encontrábamos allí.
Se acortaban las horas de sol, la niebla pesaba sobre el Neva,
pero aún la esperanza cantaba a lo lejos.
La sentencia… Brotan de pronto lágrimas
y una mujer se siente fuera del grupo;
somo si le hubieran arrancado el corazón y brutales
lo arrojaran al suelo, para luego soltarla,
así camina, tambaleándose… sola.
¿Dónde están hoy aquellas con quienes sin querer
compartí mis dos años de infierno?
¿Qué formas adivinan en las ventiscas de Siberia?
¿Qué presagios en el aro de la luna?
A ellas envío mi adiós.
                                                                    ( Marzo de 1940)

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