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Este hombre, Abelardo Linares (Sevilla, 1952), vive entre libros. Entre los que vende y publica como librero y editor de la prestigiosa Renacimiento, y entre los que lee, como agudo crítico literario, y escribe desde que publicara en 1979 “Mitos”. Tiene el mismo aire tranquilo y sosegado que sus poemas, como si en su vida y en su obra -en la que cuenta, entre otros galardones, con un Premio de la Crítica por “Espejos” (1991)-, pretendiera y lograra ver un poco más allá que el común de los mortales. Sus versos, llenos de la música de las plabras, quitan los velos -desvelan- con los que se ocultan las pocas cosas importantes de nuestra existencia.
Nunca fue del todo, me parece, ni culturalista ni poeta social, aunque algunos vinculen a esas corrientes sus primeros poemas. Fue y es, más bien, un hombre culto y enraizado en su tiempo, que escribe poemas clásicos cuando se detiene y reflexiona ante los mitos o cuando convierte en originales -originales, no sólo sin rima- los metros ajustados del modernismo. En los poemas que tienen el amor, la chispa del encuentro amoroso, como tema, late siempre una emoción contagiosa. Una emoción, por contenida, comunicable. Por delicadamente expresada, admirable. Valga como muestra de todo ello este poema recogido en “Sombras” (198), libro que recoge su obra poética de 1979 a 1985.

CUERPO DE DAFNE

¿Vale amor perseguido lo que amor que se ofrece?
¿Es sólo labio amado el de la boca esquiva?
¿Muven más a deseo unos ojos que miren
los nuestros con ternura o esos otros que saben
prometer para luego mostrarse indiferentes?
Dafne huye de Apolo y sólo se le entrega
convertida en laurel. No es carne lo que ciñe
este dios en su abrazo sino ramas y hojas
y un débil tronco oscuro que el mito hace perennes.

Nunca lo deseado se alcanza. O de alcanzarse,
al punto se transforma y aquello que creíamos
amar se torna ajeno. Abrazamos a Dafne.
Amor nunca logrado, como una luz pervive
que sin quemar alumbra y siendo nada es todo.
Mientras que el poseído tras brillar un instante,
magnífico en su fuego, en la larga cadena
de los días se traba y cae derribado
por todo lo que es mínimo, Él, que no debiera
estar sujeto nunca a corrupción o muerte.

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