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El economista Pedro Schwartz, en los tiempos en que fundó el Instituto de Economía de Mercado, replicaba con buen humor a los que aseguraban que, en algunos sectores, había monopolios naturales que “el único monopolio natural que conozco en Marilyn Monroe”, cuya fotografía, por cierto, alegraba su despacho. Algo de cierto hay, sin duda, porque su presencia entre nosotros es constante casi 50 años después de su muerte. En estos días, una película ya estrenada en Estados Unidos –“My week with Marilyn”-, una biografía de Donald Spoto y la subasta de uno de sus vestidos (un eslabón más de su capacidad, incluso muerta, para hacer dinero) la hacen presente en las páginas de los periódicos y en las eternas conversaciones sobre ella. Si tiene algo de mito es porque tiene algo de verdad envuelto en el recuerdo de su impresionante belleza, aunque (o precisamente por ello) esa verdad esté hecha de sueños trufados, para hacerlos más cercanos, de su atractiva fragilidad. “Nunca le gustaba decir adiós” dijo de ella Lee Strasberg en el funeral que organizó Joe DiMaggio.
Dos meses antes de su muerte, el 23 de junio de 1962 en una suite del hotel Bel-Air de Hollywood, Marilyn posó para Bert Stern, el fotógrafo que hizo también el famoso cartel de la película “Lolita” de Kubrick. La casualidad trágica quiso que las fotgrafias aparecieran en Vogue el mismo día en que la actriz falleció, como si ya no quisiese verse más. En ese retorno constante de Marilyn, se ha publicado ahora un lujoso libro, de edición limitadísima, con buena parte de las fotografías que en distintas ocasiones le hizo Stern y textos de Norman Mailer; y se presentará en el Festival de Amsterdam el documental “Becoming Bert Stern”, que ahora tiene 82 años, de Shannah Laumeister.
Todos hemos visto ya algunas de aquellas fotografías que no ocultan la cicatriz de la operación de vesícula a la que se había sometido poco antes. Stern –lo cuenta ahora a la revista francesa L’Expess, fue a la suite con las tres botellas de Dom Pérignon que le había pedido el agente de Marilyn y la encontró “más hermosa aún de lo que pudiera imaginar”, con una voz más natural y cercana que la de sus películas. Se disponía a hacer un primer retrato “al estilo de la Garbo” cuando le dijo: “¿quiere usted que me desnude”. Quizá yo me habría desmayado antes del “momento” pero Stern, al parecer, dijo sin separarse de su cámara: “¡qué buena idea!”. Marilyn bebía champagne y posaba contenta, se sentía bien y quería mostrarse tal cual era para relanzar su carrera (“No estoy mal para tener 36 años, ¿verdad?”, le dijo en un momento de la sesión), juega con los velos transparentes que disimulan su desnudez, el fotógrafo advirtió que el maquillador, que no pretendía ocultar su naturalidad, de vez en cuando servía vodka en un vaso. Pero, de pronto, volvía a ser la que había sido hasta entonces y, sobre todo en las fotografías en las que aparece con un vestido negro, acerca su mano al rostro y aparece de nuevo frágil, con un cierto y velado aire de tristeza. En la segunda sesión, en otra dependencia del mismo hotel, se puso vestidos de Dior y, cuando el fotógrafo pidió a todos los asistentes que salieran, posó desnuda tumbada en un canapé. Y allí, después de horas, se quedó dormida.
Como habían pactado que, antes de ser publicadas, la modelo podía revisar las fotografías, Stern se las envió a su agente y, poco después, buena parte de los desnudos fueron devueltos tachados con el grueso trazo de un rotulador naranja, como hace un par de años fueron expuestas y ahora publicadas en el libro antes citado. El relato del fotógrafo, de todos modos, me parece sugerente y simbólico, como la dualidad que se observa en el juicio que contienen los textos de Norman Mailer: a veces Marilyn es la encarnación de una belleza tan sonriente como gélida, a veces es una mujer frágil, entre la tristeza y el spleen, que se nos presenta dolorosamente cercana. A veces está desnuda y la vemos a gusto con lo que muestra y a veces vestida de negro, con la mano sujetando el rostro, revelando lo que le falta, que es, en el fondo, lo que nos falta a todos. Las fotografías de desnudos devueltas con las tachaduras naranjas son un tesoro porque recuerdan la definición del pudor del filósofo y sinólogo francés Julliard: eso que nos hace exclamar, en el instante de la exposición a otros, “no soy sólo eso”, incluso no soy lo que, ocasionalmente (y en el caso de Marilyn Monroe siempre), lo que fascina. Pero ella, melancólica o sufriente, desvestida y tachada, mostrando la “energía sensible” de la que habla Mailer, es lo que nos enamora. Por eso ha estado ahí –aquí cerca- estos cincuenta años y lo estará los cincuenta próximos.

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