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Una de las leyendas malintencionadas sobre Mariano Rajoy asegura que no tiene mucho apego al trabajo pero el infundio no responde a la verdad. Se cuenta, como supuesta prueba de la acusación, que, ante una campaña electoral tan agotadora como la que acaba de terminar, dijo que, en el fondo, no le importaba porque así se evitaba horas y horas en la sede el PP en la madrileña calle Génova. Si lo dijo no creo que fuera por preferir largos desplazamientos a hincar los codos, sino por una suerte de rechazo, que creo si es característico en él, al enfrentamiento constante en las cuitas y batallas en el seno del partido. La frase tópica de sus colaboradores –que sabe manejar los tiempos como nadie- no revela nada, aunque alguno lo pretenda, de sabiduría esotérica, pero si recalca que el futuro presidente del Gobierno tiene bastante de estratega y poco o nada de guerrillero.
Los guerrilleros se lanzan, a veces inconscientes, al campo de batalla. Los estrategas se contienen aunque, para seguir siéndolo, tienen que defender con firmeza sus posiciones. Desde la triste salida al balcón de 2008, cuando acababa de perder por segunda vez las elecciones, Rajoy supo hacerlo –ya sea por legítima ambición o por el simple convencimiento de que su marcha, por liberadora que fuera personalmente, era la peor opción para un partido crispado- y se ha presentado, por decirlo llanamente, con todos los adversarios, y sobre todo los que querían sustituirle más que sucederle, domados y a su vera. La posición del estratega también le ha venido bien durante esta campaña y los meses previos, sobre todo desde que en mayo del pasado año, el presidente Rodríguez Zapatero se viese obligado con urgencia por sus socios europeos a poner en marcha un tremendo plan de recortes. No es que Rajoy no haya propuesto nada, como dicen sus detractores, ni haya apoyado en nada a un Gobierno desarbolado por la irrupción innegable de una crisis tantas veces negada. Revisar las proposiciones presentadas en el Congreso invalida la primera crítica y repasar las medidas adoptadas sobre el sistema financiero y la reforma de las pensiones la segunda. Pero sí es cierto que, en todo este proceso, el PP de Rajoy ha tratado de dar la impresión, estratégicamente, de que un eficaz programa para salir de la crisis se basaría más en la confianza generada por el cambio de Gobierno que en medidas con un alto coste social. Se ha escuchado en muchas ocasiones a sus colaboradores poner el ejemplo de Cameron que, en cuando comenzó a citar decisiones dolorosas pero necesarias, bajó en las encuestas y, al final, no consiguió, en el momento de ganar las elecciones, una mayoría absoluta.
Me parece ridículo hablar de un “programa oculto”, que se le ha endosado a Rajoy últimamente, por dos razones. En primer lugar, porque, en todo caso, se trataría de un programa sin concreciones estimables pero que, a la postre, sus líneas generales pueden deducirse de sus textos y declaraciones. En segundo lugar, porque no existiría un programa ambiguo del PP, sino de las circunstancias que acaban determinando la política de todos. ¿Alguien puede pensar que un Gobierno socialista, de haber ganado las elecciones, no tendría que enfrentarse a las exigencias de sostenimiento del euro y a las consecuencias de no cumplir, como se ha reconocido hace apenas unas semanas, ni las previsiones de crecimiento ni, consecuentemente, las de reducción del déficit? Pero de lo que no cabe duda es que, ahora, en el momento de acceder a la presidencia y formar Gobierno, ya no valen las ambigüedades ni las líneas generales, es el momento de las medidas detalladas y la cuantificación concreta de las mismas.
Es bueno, también en estas circunstancias, ser un habilidoso estratega y manejar adecuadamente los tiempos. También huir de una crispada confrontación y utilizar los senderos, e incluso las curvas, eficazmente, aunque siempre si conducen a una meta claramente establecida. Por todo ello, le toca a Rajoy en su momento de gloria reinventarse de algún modo. No reinventarse intelectual ni ideológicamente, pero si desde el punto de vista de su imagen política y de su actividad cotidiana en el despacho de La Moncloa, del que sólo se sale, salvo al final del mandato, para seguir haciendo lo mismo en otro lugar. La confianza ya no reside en lo que presumiblemente hará o en la comparación con lo mal que lo hace su adversario, sino en cada cosa concreta que haga. Y, además, ha de actuar con la urgencia que demanda la gravísima situación. Como sabe y puede hacerlo, es de esperar que el miedo escénico, que indudablemente ha de tener, se convierta en valentía, aún a costa de perder coyunturales apoyos, y nunca en una parálisis disfrazada de prudencia. Lo que él ha podido esperar, tan eficientemente, ya no lo puede esperar el país.

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