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En una conversación de 1957 entre Jorge Luís Borges y Adolfo Bioy Casares, comentando la visita que Fornieles quería hacer al primero aprovechando una conferencia en Buenos Aires, charlan sobre el deseo de algunos de conocer a los escritores que admiran. Bioy dice que, cuando estuvo en Inglaterra, no intentó conocer a los que le gustaban al pensar que, sin un pasado común o una relación previa, la vista tendría que ser necesariamente incómoda. Borges, distinguiendo entre el escritor y su obra, es decir, reconociendo que lo que el lector admira es la obra, le cuenta a su amigo que “cuando se dijo que vendría Chesterton a Buenos Aires yo anhelé no verlo. Prefería seguir conociéndolo por los libros”.
Un día, en Pamplona, José María Iribarren llamó al compositor y director de orquesta Javier Bello Portu: “Javier -le dijo-le espero al mediodía en el café Iruña. Vamos a comer con Hemingway”. Bello Portu, que admiraba al norteamericano, se llenó los bolsillos de la chaqueta y de la gabardina de los libros de Hemingway que tenía en casa con el propósito de que no quedara ninguno sin su firma o dedicatoria. Hablaron de muchas cosas y mucho sobre Baroja pero Hemingway, en persona, le pareció un hombre fanfarrón, más apegado a sus hazañas que a la literatura, sin excesiva enjundia intelectual y, según avanzaba el almuerzo, fue desilusionándose. “Al final -me contó- estaba tan desencantado que no le pedí la firma y, de vuelta a casa, regalé los libros a las personas con la que iba cruzándome”.
No es lo mismo, desde luego, conocer la obra que a su autor. El escritor genial puede resultar un fatuo y el poeta menor un ser humano cercano y entrañable, del que se aprende incluso lo que no se atisba en sus libros. Lo sé bien porque, a diferencia de Borges con Chesterton, reconozco que no he perdido la ocasión de acercarme a los escritores que he admirado o me han interesado. Me he llevado chascos, incluso a veces he sido apartado con cajas destempladas, pero también puedo dar cuenta de momentos y descubrimientos memorables. Así que, como balance de la manía, no me arrepiento.
En Valencia, en el congreso que conmemoraba el cincuenta aniversario del famoso encuentro de escritores de 1937, me acerqué a Octavio Paz con el objetivo de que me firmara “Libertad bajo palabra” que, durante aquel viaje, llevaba en mi maleta. Me encontré con un hombre afable que, sin sensación de prisa, respondía a mis perguntas -imagino que la mayoría intrascendentes o mal planteadas- y se interesaba por mi vida y mis afanes. Y, gracias al asalto, tengo en ese libro la mejor de las dedicatorias que guardo de esos encuentros. Le pidió un bolígrafo a su mujer aprovechando para presentarmela: “Es mi mujer”, dijo. “También en eso es usted afotunado”, le dije. “¿Se ha dado usted cuenta, verdad?”, respondió sonriente. Y escribió en la primera página: “A Germán Yanke, para que escriba y para que me escriba…” y, a continuación, su dirección en México D.F.
Nunca le escribí. Siempre me parecía que lo que había anotado no merecía la pena ser enviado a Octavio Paz y, cuando falleció, se me ocurrieorn mil cosas que tenía que contarle y ya no podía. Cuando murió Baroja, Javier Bello Portu era uno de los que, al salir de la casa, llevaban a hombros el féretro del novelista. En ese momento apareció Hemingway y Javier le ofreció su lugar. “No, no -dijo apretando el hombro del músico con tanta fuerza como ternura- ese honor es para ustedes, los de siempre”. Hemingway volvió a ser el de antes y Bello Portu lamentó haber regalado sus libros.

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