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Tras el asesinato de José Luís López de Lacalle recibí en la redacción del diario El Mundo una carta anónima en la que el coresponsal me decía que había sido muy amigo del perodista asesinado por ETA y que, durante mucho tiempo, remitía a mi amigo una notas con consideraciones, datos u opiniones sobre la política en el País Vasco que, en ocasiones le habían servido para sus artículos en el periódico. Como ya no le tenía cerca y José Luís le había hablado muchas veces de mi -me decia-, había decidido seguir escribiéndolas y enviármelas para que yo hiciera de ellas el uso que estimara oportuno. Las notas siguieron llegando y mi curiosidad se acrecentaba porque todas eran interesantes. Algunas, con informaciones que normalmente estaban ocultas o arrumbadas en el tráfago cotidiano de la política. Otras, con opiniones y análisis siempre inteligentes. Con un cierto apuro, como si copiara a un misterioso analista que sabía más que yo, utilicé muchas veces las notas en mis artículos.
El día que se inició el juicio por el asesinato de José Luís López de Lacalle fuí a la Audiencia Nacional para representar en un día tan doloroso a familiares y amigos que no habían podido acudir. Llegué pronto a la sala en la que iba a celebrarse la vista y me senté en la primera fila de las rservadas para el público junto a la única persona que estaba en ese momento allí. “¿Sabes quién soy?”, me preguntó. Le pedí disculpas y le respondía que no lo sabía. “Soy el que te envía las notas, el amigo de José Luís”. Se las agradecí sinceramente y quise saber su nombre: “Joseba Pagazaurtundua”, me dijo.
Hoy, en el mismo edificio de la Audiencia Nacional, comienza el juicio a los terroristas de ETA acusados del asesinato de Joseba Pagazaurtundua y a mí la rabia se me mezcla con las lágrimas.

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