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Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) es uno de los grandes poetas de la llamada Generación del 50 y de los pocos que quedan vivos. Fué profesor en Oxford, lo que no logró, apresado en Escocia, su admirado Luís Cernuda. Ha hecho también adaptaciones de teatro clásico y, desde 2001, es miembro de la Real Academia Española.
A diferencia de otros poetas de su generación, Brines apenas ha rozado la poesía social. Su obra es más íntima, presidida por la presencia de un ser humano que se siente desplazado pero que, de pronto (y frecuentemente por la experincia erótica), alcanza la plenitud. Sólo he estado en una ocasión con él pero no he olvidado, a pesar de estar en un esceario extravagante -más extravagante para él- su conversación serena, su tranquilidad vital, su melancolía. Creo que de todo eso hay en su magnífica obra poética tan contenidamente cernudiana que el lector siempre se ve reflejado y atrapado, exclamando quedamente lo que Eliot decía que se piensa cuando se lee un buen poema: “así escribiría yo si supiese hacer poesía”.

LA DESPEDIDA DE LA CARNE

Se gastaron mis manos y mis ojos en numerosos cuerpos,
y sólo sé
que el mirar complacido y las lentas caricias
anulaban el mundo
que no era terrritorio precioso de la carne.
Ni el humo de los leños que ardieron
puede ya retornar.
Adoré lo que el tacto adoró. Lo sé como me sé.
Y me es ajeno y débil como si fuese imaginado.
Sigo siervo del dios que me otorgó una vida
por la que la desdicha pudo ser aceptada.

Hoy ven los ojos, en la presencia de la carne,
igual lo diferente,
y el tacto del que oficia no halla nada
que le otorgue el temblor:
mi cuerpo ya es la llaga de una sombra.
El dios que tanto dio para quitármelo,
y al que nunca recé, ni fui blasfemo,
también se desvanece como si fuese un cuerpo.

Misericordia extraña
ésta de recordar cuanto he perdido,
y amar aún su inexistencia.

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