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Los periódicos de hoy abordan con una rara unanimidad la valoración de este único debate electoral entre los candidatos del PSOE y PP a la presidencia del Gobierno. Coinciden las encuestas de Metroscopia (El País), Sigma Dos (El Mundo) y Tabula V (La Gaceta) en valorar mejor al presidente del PP que a Alfredo Pérez Rubalcaba. Coinciden en lo mismo los “jurados” de columnistas de La Vanguardia y El Correo. Coinciden los tiulares de las portadas y los editoriales desde ABC (“Rajoy gana”) a El Periódico (“Rajoy sale airoso”). Y coinciden las votaciones en las páginas web de los principales periódicos. Solamente parece alejarse de este punto de vista general el diario Público, aunque no algunos de sus columnistas, que encabeza la portada con un animoso “Rubalcaba pelea y descoloca a Rajoy”.
Es verdad que el candidato socialista peleó. Tenía claro que el mensaje, más que la explicación de su programa o el intento de convencer a la audiencia de que un futuro con él de presidente no será como un presente después de que haya sido vicepresidente, era insistir en que su oponente tiene “una agenda oculta” que, incluye, lógicamente, recortes que afectan al Estado de bienestar. Lo intentó reiteradamente y, salvo en algunos mometos embarullados, con aguda contundencia. Pero a Mariano Rajoy, no sólo para el resultado eletoral sino también para la eficacia del propio debate, le bastaba con no entrar al trapo, evitar la maraña que se quería tejer a sus pies y mantener un discurso en el que se combinaba la ambigüedad en las propuestas que pueden generar polémica y el tono de indiscutible futuro presidente.
Esta estrategia de Rubalcaba resultó, por tanto, fallida, porque no encontró un adveresario que quisiera discutir lo que el socialista llama “dos modos de enfrentarse a la crisis” y porque éste, incluso, terminaba por sentirse a gusto ante una suerte de periodista improvisado que preguntaba y preguntaba sobre lo que iba a hacer, como si diese por hecho lo que las encuestas auguran: que, aunque no sea periodista, estaba entrevistando, con la dureza de la que era capaz, al futuro presidente.
La posición de partida del PSOE, y de su candidato, era ayer tan lamentable, subrayada además por las recientes cifras de un desempleo escalofriante, que su única opción era arrasar. Si ya era difici antes de comenzar el debate (bastaba, como hizo Rajoy ir desgranando el catálogo de nuestras desgracias y la incapacidad del Gobierno ahora en funciones para solucionarlo), después, esto es, ahora, es imposible. Como no arrasó, ni muchísimo menos, perdió. Como no fue arrasado, y mantuvo la actitud presidecial, Rajoy ganó. Aunque no detallara, si es que es posible, un progama ilusionante y pedagógicamente explicado. El popular hizo, sobradamente, lo que buscaba. El socialista no hizo, ni de lejos, lo que necesitaba.
En estos debates, en los que una cierta flexibilidad en los tiempos de la discusión da la apariencia teatral de discusión viva y profunda, el contenido -y su contraste razonado- brilla por su ausencia más alla de las frases hechas o diseñadas para los titulares de la ocasión. Sabemos las líneas marcadas por el PP pero, a la vista de lo ocurrido hasta hoy, no se nos ha revelado si los probables ganadores aplicarán una dura polítca de recortes, es decir, una nueva vuelta de tuerca. Pero tampoco sabemos, a ciencia cierta, si el PSOE, en el caso inaudito de que tuviera que seguir gobernando, no tendría que hacerlos de nuevo en función de la situación, las exigencias europeas, la salvaguarda de la moneda común y las perspectivas inmediatas, que fueron -por cierto- las razones de los ajustes hasta ahora puestos en marcha. Si Rajoy es ambiguo, a decir de Rubalcaba, éste no deja de serlo, además de experimemntado en recortes como vicepresidente del Gobierno de esta última etapa. Entre la ambigüedad y el disimulo poco fundamentado están unos inconcretos nuevos impuestos (el de los bancos demorado a la recapitalización y estabilidad del sistema financiero, además), la imposible petición a Europa -que si no nos tiene que rescatar nos compra deuda- de una demora en los ajustes o la solicitud de un plan de inversiones públicas incentivadoras para el que, a un lado el juicio ideológico, no hay dinero. Ni aquí, como reconoce, ni en Europa, como trata de ocultar. Si estamos todos ante el problema, o ante el abismo, ¿por qué no hablar de ello sin tapujos? Pues no fue posible.

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