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Sigo hoy, como el domingo pasado, con un poema de guerra, también de la Gran Guerra. No porque me atraigan las batallas y sus consecuencias, sino porque su extremosidad sirve en ocasiones para que los poetas expresen los sentimientos más profundos. Y para que, de algún modo, limiten la guerra, si es verdad, como decía Wittgestein, que los límites del lenguaje son, en definitiva, los límites del mundo.
Giuseppe Ungaretti es, para mi, un poeta muy querido. Me gusta su biografía, no sólo de soldado, sino de activista apegado a la palabra. Afrancesado, amigo de Apollinaire (fue a verle a París por última vez y llegó cuando el poeta había ya fallecido), traductor de Racine y Mallarmé. Anglófilo, tradutor así mismo de Shakespeare y Blake. Y por afrancesado y anglófilo más italiano que los que se creyeron “los verdaderos italianos”. Por casualidades de la vida, es decir, por razones que se me escapan, dos viejos amores italianos -demasiado antiguos ya- me regalaron las Obras Completas de Ugaretti. Con uno de estos volúmenes, en edición bilingüe, me fui a vivir a Amsterdam y recuerdo el ímprobo esfuerzo de escribir una escena teatral para el cumpleaños de Franco d’Agostini en italiano eligiendo frases de la versión española, escribiendo el texto original de Ungaretti y construyendo así un diálogo medianamente inteligible. “Es un poco caótico -me dijo- pero el italiano es impresionante”. Claro, era el italiano de Ungaretti.
Impresionante es, sin duda, este breve poema de guerra:

VIGILIA

Una noche entera
tirado cerca
de un compañero
masacrado
con su boca
desencajada
vuelta hacia la luna llena
con la congestión
de sus manos
penetrando
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor

Nunca he estado
tan
aferrado a la vida.

Que, en el inigualable original italiano es:

VEGLIA
Un’intera nottata
buttato vicino
a un compagno
massacrato
con la sua boca
digrignata
volta al plenilunio
con la congestione
delle sue mani
penetrata
nel mio silenzio
ho scritto
lettere piene d’amore.

Non sono mai stato
tanto
attacato alla vita.

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