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Giuseppe Tomasi de Lampedusa,además de duque, pasa por ser un hombre triste y por haber dado nombre -lampedusiano- al cinismo con que algunos, defensores del pasado (como el Antiguo Régimen en Italia), se acomodan con prontitud y entrega a los nuevos tiempos. El autor de “El Gatopardo” habría encontrado miles de lampedusianos en la España del siglo XX. Si era triste, no por ello dejó de ser sagaz e ingenioso. Si dio nombre a un tipo de cinismo, no por ello dejó de demostrar un apego extraodinario a los detalles más humanos de la literatura, a la que dedicó, como crítico inteligente, muchas páginas mientras escribía su eterna y famosa novela.
En “Lecciones sobre Stendhal”, Lampedusa consigna lo que considera un extraordinario pasaje erótico de la historia de la literatura. Relata Stendhal como Fabrizio del Dongo sube las escaleras de la Torre Farnese acompañado de Clelia, la hija del carcelero que le ayudará a escapar. Los dos, ansiosos, suben acelerados y van dejando caer la ropa por la escalera. Stendhal, cuando llegan a la estancia, escribe un punto y apate y continúa: “A la mañana siguiente…”. Lampedusa, al comentarlo, anota: “Ese punto y aparte es la cima del erotismo” y, desde luego, de la obra de Stendhal, que tantas páginas dedicó al amor y a los amores.
Cuando le conté la sugerencia lampedusiana al escritor bilbaino Eusebio Abásolo (notario como notario fue el inventor del soneto),el gran amigo de Blas de Otero, me propuso que eligiera entre ese pasaje y otro de Petrarca: una pareja se reúne todas las noches para leer juntos y cada día se sientan más cerca hasta que una noche “ya no leyeron”. La escena recuerda la historia de Paolo y Francesca, que terminó mal y llevó a los amantes adúlteros al infierno en que los encontró Dante. En este caso era Francesa de Rimini la que leía “Lanzarote del Lago” a Paolo, hermano de su prometido Gianciotto, y, en el momento en que leyó cómo Lanzarote besaba a Ginebra, dejó caer el libro y se besaron. Gianciotto, que los vió, mató a ambos arrebatado por los celos, aunque parece que los amantes de Petrarca terminaron mejor la noche.
El caso es que, entre Stendhal y Petrarca, entre el punto y aparte y el libro abandonado, no acabo de elegir la frase más erótica de la historia de la literatura.

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