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El problema de algunos monumentos de la literatura universal es que se ha abusado tanto de ellos que, a ojos de muchos, se recuerdan edulcorados, contaminados, lejanos de lo que de verdad significan. Uno de ellos, sin duda, es la escena del balcón de “Romeo y Julieta” que se ha representado tanto, y a menudo tan mal, que ha servido para chistes y pésimas imitaciones, que frecuentemente no se conoce aunque se crea que se recuerda. Y, además de su grandeza, termina, quizá, con la frase más hermosa de la historia de la literarura.
Romeo se cuela en la fiesta de los Capuleto porque está melancólicamente prendado de Rosalina, pero en cuanto ve a Julieta cae perdidamente enamorado. A Julieta, que acaba de decir que nunca se casará, le pasa lo mismo. Esa misma nohe, como si las cosas no pudieran esperar, Romeo vuelve al jardín de los Capuleto y trepa hasta el balcón en que está Julieta. El amor es precipitado -y la precipitación es uno de los temas de la obra- pero esa noche parecen tener un momento de calma en el que Romeo y Julieta (que es un personje fascinante, maduro con apenas quince años, entregado y consciente de las resistencias que se ciernen sobre ellos, con un lenguaje habilidoso que cambia según se dirija a sus padres, a su nodriza, a su amado) se convierten en el paradigma de los amantes.
¿Quién no ha vivido, a su modo, una escena similar? “Ahora te acompaño hasta casa” y, en el camino, se escuchan los soliloquios de la otra persona, se pregunta y se da rienda al entusiasmo. Y al llegar a su destino “Ahora soy yo el que te acompaño a la tuya” para alargar el encuentro y volver a las mismas cosas. Romeo y Julieta, en el balcón de la casa de ella, en una noche que imagino tibia y poblada de estrellas, teorizan sobre el amor, lo confiesan, se preguntan lo que ya saben, repiten las palabras y las miradas. No quieren que aquello termine nunca, como todos los enamorados a lo largo de los siglos en circunstancias similares.
Y cuando ya no pueden permanecer más tiempo juntos, cuando la nodriza reclama a Julieta, cuando Romeo debe huir de la casa de los enemigos de su familia, la joven Julieta dice la frase más hermosa de toda la literatura. Quizá exagero, pero es la que más me gusta a mi: “Buenas noches, buenas noches, buenas noches…, es tan dulde el dolor de la despedida que estaría diciendo buenas noches hasta el alba”.

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