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Raquel Martos, brillante periodista de “El Hormiguero”, preguntó a sus muchos seguidores de Twitter -no se si se trataba de una investigación televisiva o de un ejercicio de sociología políticamente incorrecto- qué era lo que “les ponía” más allá de lo evidente o lo sencillamente obsceno, que siempre es algo que quiere presentarse como más real que lo real. Poco después, otra periodista, Celia Blanco, reportera de Telemadrid y tan sugerente como superlativa, respondió con aire de estar muy segura: “las cicatrices”. Habría hecho yo el ridículo pretendiendo ser más ingenioso que ellas pero, en vez de meterme en berenjenales, y sin duda sólo para llamar su atención, escribí que tenía “una cicatriz de suicida”. Si pretendía conmover a Raquel y Celia no lo logré, pero recibí muchos mensajes preguntando qué demonios era eso y si se trataba de una metáfora de algo misterioso o, sencillamente, si pretendí serlo -suicida, no misterioso- en algún momento de mi vida. Como uno responde a estas cuestiones cuando le place, me apetece ahora reseñar aquí un recuerdo del que no estoy nada orgulloso y que me viene a la memoria repetidamente como una pesadilla.
Yo era un adolescente que vivía en un barrio burgués de Bilbao, de los que antes estaban construidos de espaldas a la ría, que era -ya casí en el pasado- una zona de trabajo portuario y de talleres industriales. Aquella casa está ahora junto al Guggenheim y sus ocupantes, sin duda, se arrepienten de que todo mirara hacia el otro lado y no, como en París, hacia el río. Si Hemingway pudo escribir que la felicidad era apoyarse en una barandilla del Sena, contemplar sus aguas y, de pronto, levantar la vista y ver París, se podría decir algo parecido si el imitador del escritor se colocase en el Campo Volantín y mirara hacia Abando y sus nuevos o restaurados edificios. En mi casa, o más bien la de mis padres, trabajaba una chica que me tenía embelesado. La espiaba, quería saberlo todo de ella, arrancarle un gesto de afecto. Estaba en mi cuarto o en el salón y mentalmente seguía sus pasos: ahora está en la cocina, ahora en su habitación, ahora arreglando el armario del fondo…
Un día que me quedé en casa por alguna enfermedad menor me debí poner demasiado pesado, sin alejarme un minuto de su lado y, avanzada la mañana, cuando hacía los preparativos para la comida, debió pensar que ya era suficiente, que no soportaba más aquella forzada cercanía. Me pidió que me fuese de la cocina. Como no hice caso, me lo ordenó. Como no me iba, terminó por empujarme hacia el pasillo. Me sentí ofendido y enfadado, tanto que quise golpearle y extendí el brazo en el momento en que ella cerraba con fuerza la puerta de cristales esmerilados. La puerta detuvo el golpe pero no mi brazo, que se estrelló contra el cristal y lo hizo mil pedazos que se hundieron en mi piel. Allí quedaron en el suelo del pasillo los restos del cristal en un charco de la sangre que brotaba de mi muñeca. Con el susto y la alarma conseguí, eso sí, el añorado gesto de afecto y los cuidados antes, durante y después de nuestra visita a Urgencias. Y, como recuerdo físico, me quedó una cicatriz transversal en la muñeca, como si hubiera querido abrirla con un cuchillo, y otra a lo largo del antebrazo como si el suicida, torpe y dubitativo, hubiese pretendido de pronto ser aún más radical y definitivo.
Con el tiempo, las cicatrices de falso suicida se han ido haciendo más tenues, en algunos puntos casi imperceptibles. Pero me queda, indeleble, la cicatriz del alma y la memoria, el recuerdo aterrador de la única vez en mi vida que levanté y extendí el brazo para golpear a una mujer. Bien, más vale suicidarse que intentarlo de nuevo.

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