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El poeta peruano César Vallejo (nacido en Santiago de Chuco en 1892) fue tan grande que sabemos descubrimos el sentido y la intensidad de sus amores por sus poemas (la musa del libro del que he transcrito el de este domingo fue la hermosísima Maria Rosa Sandoval), su ideología comunista y sus viajes entusiastas a Moscú por “Entre las dos orillas del río”, sus pesares físicos y anímicos entrelazados con el afán vanguardista por “Trilce” y su muerte un día lluvioso de abril de 1938 en París, día de Viernes Santo, por “Piedra negra sobre una piedra blanca” escrito como una sentida y hermosísima  premonición: “Me moriré en París como aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo”.  

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé.

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes … Yo no sé!

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