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Decía Malraux que hay dos vicios intelectuales que, aunque sean aparentemente contradictorios, tienen la misma raíz y parecidas consecuencias: el de los que desprecian cualquier avance porque no alcanza la pureza o la perfección y el de los que no piensan ello y se abonan a los hechos con un vertiginoso optimismo que no repara ni en las metas ni en los ideales que siempre están más allá. Lo anoto, con la imprecisión que lo recuerdo, al hilo del comunicado hecho público ayer por la banda terrorista ETA acerca del “cese definitivo de la actividad armada”. Para algunos no vale nada porque ETA ni de disuelve, ni entrega las armas ni pide perdón por tantos decenios de actividad criminal, a lo que se añade el desprecio por lo que, desde su punto de vista (de sospecha mas bien, es parte de un intercambio de favores y concesiones entre la banda y el Gobierno. Para otros, la noticia parece tener un carácter fundador y definitivo, el no va más, la culminación acrílica de lo que se esperaba desde antaño.
Pues ni una cosa ni otra, si se me permite dar mi opinión. Es indudable que el anuncio de ETA es importante. No solamente aporta tranquilidad, sino que demuestra la eficacia de la firmeza con la que se ha enfrentado a la banda el Estado de Derecho y la sociedad que lo sustenta. No tiene sentido, a mi entender, que determinados sectores conservadores quieran explicar este “cese definitivo” exclusivamente en una “hoja de ruta” de negociaciones y cesiones políticas eliminando del argumentario el trabajo de las fuerzas de seguridad y la cooperación internacional la acción de los tribunales, la presión política y reformas legales y las exigencias de una sociedad harta de una violencia que no es una guerra ni la consecuencia ineluctable de un hipotético -y falso- “conflicto”, sino el criminal ataque a la democracia y la libertad de un grupo en cuyo ADN no hay otra cosa que terrorismo totalitario. Decía Jankelevitch que el inicio del repliegue del nazismo no fue una reflexión moral sobre la maldad de sus objetivos o la barbarie de sus medios: “se llama Stalingrado”. La Stalingrado de ETA se llama Estado de Derecho y es bueno, ahora, incluso examinando errores y complejos pasados, subrayarlo y celebrarlo. Es una buena noticia que, precisamente por ello, la banda sea consciente de las consecuencias de su particular Stalingrado y de lo que ya no puede repetirse.
Pero, al mismo tiempo, este comunicado no es la noticia definitiva por mucho que lo sea el cese de sus acciones terroristas. ETA no va a disolverse formal y definidamente, como tampoco lo ha hecho el IRA, ni va a entregar las armas (operación que se inicio el Irlanda ocho años después de los llamados “acuerdos de paz”) ni mucho menos va a pedir perdón a las víctimas como han hecho algunos ex terroristas arrepentidos a título individual, precisamente porque, como queda claro en el comunicado, no está arrepentida. Policialmente derrotada quiere ahora, tomando impulso en la pared contra la que se la puesto, obtener un triunfo, aunque no sea total, político. Por ello, el trabajo de los demócratas, los partidos y las instituciones no es dormirse embelesados en los laureles y seguir trabajando para que se logre la disolución de lo que no quiere disolverse, se arrebaten las armas que no quieren ser entregadas y se haga justicia según la sentencia clásica, es decir, dando a cada uno lo suyo. No me gustan nada las referencias escuchadas o leídas ayer y hoy a una “nueva gestión política” de esta situación”, a la “construcción compartida de la convivencia” ni incluso esa retórica, seguramente bienintencionada, de, “agur ETA” que tiene también en vascuence el carácter de salutación y de despedida amable. Agur no porque la banda ha de seguir siendo perseguida porque lo exige la ley y el sentido común. Gestión política, entendida como si ahora correspondiera a los demócratas hacer algo para acercarse a los terroristas, en absoluto, porque ETA debe sumar a su derrota policial la política. Construir la convivencia tampoco porque porque ya estaba construida con el imperio de la ley; de lo que se trata es de impedir que sigan campAndo sus destructores.
He oído repetir dos frases que, por satisfactorias que sean, necesitan ser completadas. Una, “la paz cabe en la Constitución”, precisa la explicación de que la paz es, precisamente, la Constitución, los derechos y libertades que reconoce, los procedimientos que establece, su significado como basamento de la democracia. Y dos, “el cese de la actividad de ETA se ha conseguido sin precio político” a la que convendría añadir que, pase lo que pase, seguirá sin haberlo para que unos no se desbaraten éticamente por el entusiasmo y otros reparen, más allá se su retórica de asesinos estrategas, en cuál es la verdadera dimensión de su final.
La verdad de las Victimas, que ahora están en la memoria de tantos, no son sus formas de vida o sus ideas políticas, imposibles de unificar, sino que, por ser víctimas, sus agresores son verdugos. Y que los verdugos no merecen ninguna cordialidad ni diálogo sino el peso -reparador- de la Ley.

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