Etiquetas

,

Cuando Rubalcaba, al aceptar públicamente su propio deseo de ser el candidato socialista a la presidencia del Gobierno, insistió en que la confrontación (y la opción que debían dilucidad los votantes) no era ya entre PSOE y PP sino entre él y Mariano Rajoy, no sólo daba por sentado que la marca PSOE no vende, que la desafección del electorado no es sólo con el presidente Rodríguez Zapatero, sino con el partido, como acababan de certificar las elecciones autonómicas y locales que algunos ingenuos pretendían soslayar exigiendo, con mal estilo, que el presidente anunciara con anticipación su retiro. La baza que le quedaba, a la que sigue respondiendo la estrategia del ex vicepresidente, es que él –sólo él- estaba mejor valorado que su adversario del PP y podía, entre antiguos votantes socialistas y electores dudosos, dar un golpe de timón.
Las encuestas, ahora no dicen lo mismo. En primer lugar, Rubalcaba, aún pretendiendo distanciarse del partido en el que ha sido hasta hoy dirigente excepcional de su acción política, padece una desafección que afecta a sus propios votantes en contraposición a la mucha mayor fidelidad de los electores de derecha a Mariano Rajoy. Su consideración por el electorado, que no olvida sus cualidades, es menor que la del presidente del PP que, en estos momentos cruciales de crisis económica, le considera más capacitado para abordarla. Y, ciertamente, y al margen de la opinión que cada uno tenga sobre el candidato conservador, su presencia en el escenario político no se parece en nada a la que le llevó a la derrota en las elecciones de 2008. Casi todos piensan que será el próximo presidente del Gobierno, sus partidarios confían en él, sus adversarios, salvo una minoría, no lo toman como una catástrofe
El anuncio reciente de su personal decisión de incluir al alcalde de Madrid en la lista de candidatos al Congreso es, en este sentido, sintomática. En 2008, cuando Ruíz Gallardón no tuvo su lugar por la batalla interna, el alcalde era una alternativa al hipotético fracaso de Rajoy, argumento que fue utilizado para negarse a ello por los partidarios de Esperanza Aguirre. Tras el fracaso electoral, Gallardón seguía siendo, más que un sucesor, un posible sustituto y Aguirre era, tácita y explícitamente, la oposición a Rajoy en el seno del partido. Hoy, Gallardón es un activo, no hay duda, pero, en todo caso y más adelante, ya no es el sustituto en la sombra sino, en todo caso, el sucesor y la presidenta regional de Madrid no se opone porque no es concebible una batalla a cara descubierta con quien se ha hecho con el partido y será, con toda probabilidad, el próximo presidente del Gobierno.
El actual, aunque esté en funciones, habló en la hora de la candidatura de Pérez Rubalcaba y aludiendo a su pasado deportivo del hombre capaz para el sprint que necesitaba el socialismo español de cara a los comicios de noviembre. Pero la carrera es de fondo y cuesta arriba, más para atletas resistentes y sufridos que para sprinters y, seguramente, lo que el candidato del PSOE desearía ahora es más tiempo y más metros. Rajoy, que ya fue vencido en dos sprints (2004 y 2008) se ha hecho bien a la lucha sorda de los muchos años y kilómetros. Y ahí está. La carrera, como digo, es de fondo.

Anuncios