Etiquetas

Como para el domingo tengo elegido un poema fantástico, me permito hoy colar de rondón otro, en el mejor de los casos, menor. Lo escribí el mes pasado para recordar, en un publicación privada con muchos otros testimonios, al editor -y sobre todo amigo- Alfonso Gómez Guadalupe, fallecido en Bilbao este verano.

Tratamos de asirte, de abrazarte en las conversaciones nocturnas
porque no nos acostumbramos, Alfonso, a tu ausencia,
porque nos duele que tú, el memorioso de larga vida,
nos abandonaras así, de pronto y tan pronto.
Somos ahora los vencidos de la vida, los retenidos aquí,
y al mirar la silla vacía y escuchar las causas de tu falta
nos enfadamos con Dios, que sonríe.
Quizá rezar sea eso: hablar quedamente con Dios
y que nos cuente tus andanzas y tus chistes
porque no pueden terminar así, cuando termina la vida,
los toros y los atardeceres y la brisa de El Abra
y la ironía y la cámara buscando la chispa de la existencia
y los vasos de vino y los abrazos de los amigos
y las mujeres hermosas revisitadas en la memoria
como se vuelve a las ciudades nunca abandonadas.
Quizá rezar, Alfonso, sea eso, e intuir la voz de Dios
prometiéndonos que nos dejará alcanzaros
y que las risas, y las copas, jamás estarán vacías.
Acuérdate de nosotros no porque te hayamos amado,
que ha sido mucho, sino porque seguimos haciéndolo.

 

 

Anuncios