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Grecia, que está en el epicentro de la crisis del euro -con sus derivaciones en el sistema financiero y en las cuentas públicas de los países europeos- no puede ser tratada como una empresa en dificultades, a la que se puede ayudar o dejar caer, sino como un país miembro de la Unión. La incapacidad para hallar una solución razonable revela los problemas de una construcción europea cuyas bases se han quedado obsoletas tanto por la crisis económica como por los retos políticos que la crisis ha revelado pero que son antiguos Hay ahora un eje franco-alemán que, con miedos y a trompicones, marca la senda dubitativa por la que podría avanzarse (desde la reforma del Banco Central Europeo hasta la constitución de un verdadero Gobierno económico de la Unión que haga posible la coherencia y la armonización fiscal) pero sus criterios no sólo tienen fundamento en la importancia económica y el peso de ambos países, sino también en el modo en que otros se retraen de lo que debería ser la construcción europea dejando la iniciativa a los poderosos a los que se acude en busca de ayuda directa o indirecta. Aquí y allá se lanzan ideas sobre eurobonos y tasas continentales pero, en muchos casos, se trata tan sólo de banderines para defender o tratar de resolver situaciones particulares y no responden a un serio concepto de lo que la Unión Europea debe ser hoy y en el futuro.

Por otro lado, Europa es una necesidad sin la cual la situación de cada país devendría tan imposible como más lamentable. Imposible porque, como se ha dicho gráficamente, es posible hacer de un huevo una tortilla pero imposible hacer de una tortilla un huevo. Y peor porque, incluso en la situación actual de crisis y desconcierto, el euro y las instituciones europeas son una garantía y una oportunidad que no tendríamos fuera. En el caso de España, los remedios urgentes y a medio plazo dependen de Europa. Si se precisa que el Banco Central Europeo adquiera deuda española, bien sea como último recurso u ocasionalmente para evitar que se dispare su prcio, precisamos la Unión, la zona euro y la refoma de las instituciones. Si se propone la existencia de eurobonos, por muchos sacrificos y cesiones de soberanía que implique en nuestras decisiones económicas y de gasto, aún más. Si queremos mantener la fundamental cuota de exportación con los países socios, el euro es el gran instrumento.

No es que, como algunos se empeñan en presentar, estemos “atrapados” en Europa. Formamos parte de ella, sencillamente, en lo que atañe a las ventajas y obligaciones. Formamos, ahora, en medio de la crisis, más claramenre de ella, también lo que referido a ventajas y obligaciones. Y, sin exagerar nuestro peso o sin pretender vanamente imponer un criterio, tenemos que formar parte también del motor de la construcción de una nueva y más eficiente Unión. Por todo ello, quien resulte llamado a formar Gobierno tras las elecciones del próximo 2o de noviembre, debería considerar la posibilidad -a mi juicio necesaria- de que en el nuevo Gabinete, con las precisas competencias de coordinación entre ministeriosy administraciones, haya un vicepresidente para los asuntos europeos. Para negociar y hacer cumplir nuestras obligaciones con la Unión y la zona euro (que son económicas pero también políticas) y para incluir la voz de España en el escenario de un proceso de construcción europea con criterios nuevos  que nos atañe tanto como se ha convertido en imprescindible (que es político pero también económico).

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