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No sé si son las elecciones cercanas o es algo más endémico pero a veces resultan difíciles de entender algunas noticias aparecidas en la prensa. Dicen ahora, al mismo tiempo, que Rajoy se ha reunido a menudo con el presidente del PNV, Iñigo Urkullu, para establecer un criterio común sobre el fin de ETA y que el probable triunfo del PP pudiera poner en peligro, haciendo referencia a su hipotética actuación en los últimos tiempos, ese final que tan afanosamente ha labrado el hasta hace poco ministro del Interior, candidato ahora del PSOE. Aún más: las reuniones que Urkullu ha mantenido en ese mismo periodo con el presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero y su ministro Pérez Rubalcaba mostraban, nos decían, la sintonía entre ambos, al tiempo que pactaban en apoyo parlamentario, al diagnóstico y la estrategia sobre ETA. Si uno hace caso a lo que lee y escucha el asunto, ciertamente, se vuelve misterioso.
Luego resulta que PP y PNV mantienen, en el escenario de su entendimiento, algunas discrepancias tanto en materia de política penitenciaria como en la actitud política ante Bildu y uno se pregunta entonces en qué demonios coinciden más allá del deseo de que el terrorismo termine o en el intercambio de información, aunque no parece estrafalario pensar que, para lo principal, no se necesitan tanto. Si Rajoy, a las puertas de la Moncloa, con una línea de comunicación de su partido con el ministerio del Interior de la que sus protagonistas no se quejan, con contactos con las fuerzas de seguridad y sus dirigentes en el País Vasco, precisase a Urkullu para saber qué se cuece en la “izquierda abertzale (por otro lado tan previsible) estaríamos aviados. Como lo estaríamos si, hasta ahora, Pérez Rubalcaba y Rodríguez Zapatero, con todos los elementos del Estado y la información del propio Gobierno vasco y su policía, necesitasen del presidente del PNV para saber lo ue pasa.
Un PSOE, por cierto, que a pesar de aquella sintonía con el PNV, sigue diciendo que no cambiará la política penitenciria hasta la total desaparición de ETA y que se ha opuesto a la legaliación de Bildu hasta el punto de que su candidato dice hoy que no ha variado su posición y su parecer por la demanda a los tribunales.
¿Es un misterio o se trata, simplemente, del uso político -electoral- de una cuestión de tal gravedad que debería tratarse con una discreción que a menudo no hay y en base a los pactos antiterroristas vigentes?
Mientras se especula con coincicencias o discrepancias, mientras desgraciadamente la batalla contra el terrorismo aparece en los prolegómenos de la campaña, la izquierda abertzale gestiona los tiempos y los gestos y ahonda en las contradicciones de los demás. Y estos, en su burbuja, balbucean con aquello de que no se les debe hacer la campaña…

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