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Wallace Stevens (1879-1955), nacido en Reading (Pennsilvana) es un poeta de no fácil lectura pero de una profundidad y belleza formal que le han convertido en uno de los grandes escritores del siglo XX. Pertenece, además, al raro grupo de los poetas empresarios o altos ejecutivos (como Jaime Gil de Biedma en España). Fue vicepresidente de una importante aseguradora, viajaba por todos los Estados Unidos con su maletín a cuestras -lo que le causó no pocos problemas con su atormentada esposa- y, más como confesión que como humorada, cuando le pidieron una nota biográfica para acompañar algunos de sus poemas, el antiguo alumno de Harvard escribió simplememte: “Es abogado y vive en Nueva York”. Se resistía a que las principales revistas literarias le pagaran ¡por unos cuantos poemas! Quizá intuía que su valor no es comparable con el precio.
LARGOS Y TARDOS VERSOS

Qué poco importa, pasados con mucho
los setenta, dónde uno mire, uno ya ha estado allá.

Sube humo de madera entre los árboles, lo atrapa una corriente
de aire alta, y lo arrastra un remolino. Pero así ha sido muchas veces.

Tienen los árboles aspecto de llevar nombres tristes
y seguir en las mismas, diciendo una y otra vez una misma cosa,

en una especie de tumulto, porque un contrario, una contradicción,
los tiene enfurecidos y con deseos de hacerlo callar.

¿Qué contrario? ¿Será esa mancha amarilla, el lado
de una casa, lo que le hace a uno pensar que está riéndose de la casa;

o estas escentes, esantes pre-personae: primera mosca,
una cómica infanta entre los trágicos drapeados,

puerilida de forsitia, una fracción de creencia,
espectro y hechuras de la desnuda magnolia?

…Vagabundo, esta es la prehistoria de febrero.
La vida del poema en la mente aún no ha comenzado.

Aún no habías nacido cuando los árboles era cristal
ni has nacido ahora, en esta vigilia dentro de un sueño.

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