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Prometí al reproducir en este blog un antiguo artículo publicado en la revista “Clarin”, quizá la mejor en la que se abordan los temas relacionados con la Fiesta de los Toros y la cultura, que incluiría también el correspondiente al número de este pasado mes de agosto. Lo hago ahora.

ROLAND BARTHES EN LOS TOROS

Vaya por delante que me cae bien Roland Barthes. Esté o no de acuerdo con él (es decir, esté o no equivocado), este pensador francés es capaz de mirar lo que le
rodea, las cosas pequeñas y grandes del mundo, con ironía, es decir, con esa
suerte de ternura que descubre lo que aquellas ocultan, que es capaz de rasgar
el velo en el que se quedan detenidas las miradas demasiado secas o
excesivamente anegadas en lágrimas. Lo demostró en todo aquello sobre lo que
desplegó su capacidad de observación y análisis, desde la escritura y la
literatura (a las que dedicó un buen número de obras desde su primer libro, de
1953, “Le degré zéro de l’écriture”) hasta la fotografía (“La chambre claire”
apareció en 1980 coincidiendo con su muerte al ser atropellado frente a la
Sorbona), pasando por el amor o por la aguda visión de la cultura y las
costumbres de su época en el archifamoso “Mythologies” de 1957. A un hombre
así, de tan variadas pasiones intelectuales y humanas, y de tanta inclinación,
como insistía, por el significado y la relevancia, tenían que interesarle los
toros.

La Fiesta está vinculada a su infancia. Nació en Cherburgo en 1915 y no conoció a su padre, fallecido en la Primera Guerra. Su madre, agobiada por los problemas
económicos, se trasladó a la casa de su familia en Bayona, en donde Barthes
vivió hasta que fue a estudiar a París y a donde volvía en las vacaciones de
verano. Esa “ciudad perfecta”, como la llama en “Roland Barthes par lui même”,
ha estado siempre vinculada a lo taurino y, en ese mismo libro, ya utiliza los
toros como imagen e ilustración de lo que va explicando de su trayectoria
intelectual. Al escribir sobre la analogía y su contrario, la “homología”
retoma el tema del toro: “se enfurece cuando le ponen el señuelo rojo ante los
ojos. Los dos rojos, el de la furia y el del señuelo, coinciden: el toro está
en plena analogía, es decir, en pleno imaginario”. Algunas páginas más adelante,
al referirse a las explicaciones de Michel Vinaver sobre China, que no elegía
aunque reconociese su aquiescencia silenciosa, Barthes apunta que no fueron
bien comprendido porque el público intelectual reclama una elección: “había que
salir de China como el toro sale del toril hacia el ruedo atestado: furioso o
triunfante”. En las notas manuscritas que se recogieron más tarde con el título
“Cómo vivir juntos” ensaya Barthes una “tauromaquia” en la que vuelve al
“señuelo rojo” como “la palabra, el gesto, el giro sintáctico, interpretandum..” para esbozar “una imagen violenta, imagen del otro y/o imagen que creo que el otro tiene o tendrá de mí, o imagen de mí cuyo teatro me doy a mí mismo”. En las citadas “Mythologies” alude asimismo a los dos grandes “espectáculos solares”: el teatro griego y las corridas de toros. En ambos la luz “elabora una emoción sin repliegue”.  Basten estos ejemplos para constatar una referencia permanente.

En 1960, Hubert Aquin, que trabajaba en la Oficina Nacional del Film de Montreal y no era todavía el novelista de “Próximo episodio”, propuso a Barthes una colaboración para una película documental sobre el deporte, quizá tras constatar las referencias al catch o al ciclismo en “Mithologies”. El francés acepta inmediatamente y escribe un guión, o un texto para la voz en off del documental, que se llamará “Le sport et les hommes” y contempla las carreras de coches, el ciclismo (el Tour sobre el que ya había escrito como “una epopeya”), el hockey sobre hielo (seguramente como homenaje al país de Aquin), el fútbol y… la corrida de toros. No me extrañaría que, al leerlo aquí, como me ha ocurrido tantas veces al contarlo, alguna voz se levante reprochando a Barthes el error mayúsculo de concebir los toros como un deporte. Tranquilícense los meticulosos porque, de la mano del semiólogo, la voz de Roland Gadouas aclara nada más comenzar la película que la corrida no es un deporte aunque “tal vez sea el modelo y el límite de todos los deportes: elegancia de la ceremonia, reglas estrictas  del combate, fuerza del adversario, ciencia y coraje del hombre…”. Como los deportes antiguos, heredados –explica- de los sacrificios religiosos, aunque “aquí se muere de verdad”. Precisamente por eso, volviendo a
lo señalado en “Mythologies”, “la corrida es una tragedia”, una tragedia solar.

Con imágenes del comienzo de la faena con el capote, e intercalando otras de los tendidos (“la multitud”, anota Barthes), se van mostrando “los cuatro actos y el epílogo” de la tragedia: los pases con el capote en los que se juega y se provoca al toro para “envolverlo con ligereza”, los picadores que reducen “su exceso de violencia”, las banderillas (“un hombre solitario, sin más armas que un palo fino terminado en un gancho”), la faena con la muleta… “La corrida, añade sobre imágenes de la suerte de matar, les dirá a los hombres por qué el hombre es el mejor”.

Todo el relato termina dibujando la corrida como una muy especial representación de la vida, o de lo que debería ser la vida. En la pantalla, intercalando las imágenes con otras de los espectadores –en vistas generales o primeros planos-, se ve a Dominguín junto a la barrera, agitando el capote, llevando el toro a los medios, dando un soberbio pase con la muleta en el centro de la plaza. Se trata de responder, de acuerdo con el texto, a esa pregunta: “¿Por qué el hombre es el mejor?”. Lo es, según Barthes, “porque el valor del hombre es consciente” y el miedo, así, “libremente superado”. Lo es porque pone en juego su ciencia: el torero conoce al toro, prevé sus movimientos, trata de llevarlo al terreno elegido. Y lo es también porque el diestro despliega “el estilo”: convertir un acto difícil en un gesto de gracia, introducir ritmo en la fatalidad, ser valiente sin desorden, dar a lo que es necesario la apariencia de una libertad. La vida se representa con las armas del valor, la ciencia y la belleza “contra la fuerza de la bestia” y, por ello, concluye Barthes, no se trata propiamente del triunfo sobre el toro, sino de “la victoria del hombre sobre la ignorancia, el miedo y la necesidad”.

Siguen las imágenes, tras la muerte del toro, de Dominguín con las orejas y el rabo en la mano, una hermosa mujer sonríe desde el tendido, el torero comienza la vuelta al ruedo, la multitud aplaude, le lanza objetos, el diestro, sonriente, los devuelve a los espectadores. ¿Por qué los devuelve? Porque “ha hecho de su victoria un espectáculo para que se convierta en la victoria de todos” contra esos
monstruos de la ignorancia, el miedo y la necesidad. Y los regalos que recibe
vuelven “a los que le miran y se reconocen en él”.

Claro que Barthes sabe que la corrida no es un deporte pero también que, como se dice al final de la película, la respuesta mejor a la pregunta ¿qué es el deporte? es otra pregunta: ¿quién es el mejor”, la Fiesta  enseña mejor que cualquier otro espectáculo que el mejor es el hombre cuando vence la resistencia de las cosas y la inmovilidad de la naturaleza: “¿quién es el mejor para trabajar el mundo y dárselo a los hombres… a todos los hombres?”

 

 

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