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No parece que en el ánimo de los candidatos a estas próximas elecciones esté invitar al voto por el entusiasmo de una idea. Hasta las que se proponen -a medias, con más vértigo que razonamientos- suelen tener la impronta de distinguirse del adversario, como si el horror a que gobiernen los otros fuese el motivo más serio para votarles. Incluso las opciones minoritarias, que podían permitirse más audacia, se empeñan en hacer de PSOE y PP la misma cosa  (hasta gráficamente: han inventado eso del PPSOE) y el cúmulo de todos los males.

Ante los desencantados, inclinados a la abstención o a otras opciones, el horror a un Gobierno del PP ha tenido su éxito, aunque la tendencia se quebró en las últimas elecciones autonómicas y locales y, al menos según el CIS, los electores parecen más cercanos a repetir sus opciones el 20 de noviembre que a lo contrario. La candidatura de Alfredo Pérez Ruablcaba se  ve enfrentada a dificultades practicamente insalvables porque no hay ciertamente modo de distinguirla de un Gobierno que se ha sumido en el desastre. El horror a lo que ya tenemos tiene mucho más peso que el miedo a lo que pueda venir, como si se hubiese instalado en la opinión pública que, sea el que sea, no puede ser peor. En el caso muy improbable de que el candidato socialista pensase que él, sólo él, puede ganar las elecciones a cualquiera que se leenfrente en condiciones “de laboratorio”, no hay modo  -ni tiempo- de distiguirlo de un Gobierno del que ha sido vicepresidente y sostén principal hasta anteayer y de un partido desarbolado que anuló el anunciado proceso de pimarias para que él compareciera en las urnas. Virtudes políticas y preparación no le faltan pero es, como todos, él y su circunstancia y, ahora, la pesantez de la circunstancia, que evidentemente es “la suya” es de tal calibre que no se puede, si acaso fuese posible en otro momento.

La Conferencia Política del PSOE se ha saldado, en este sentido, más con un catálogo de buenos propósitos que con un programa nuevo para un partido “refundado”. No en vano, la desafección de los votantes de la izquierda no comenzó en mayo de 2010 con el anuncio de los primeros e importantes recortes, a los que han seguido más angustias y más ajustes. Ya antes, por la negación de los problemas y la inoperancia contra la crisis que todos experimentaban o temían, se le había escapado -por el otro lado de su espectro electoral- otro sector necesario para ganar unas elecciones. A menos de dos meses de las elecciones, cada día con más parados y con menos perspectivas, no hay manera de restañar las heridas ni de ofrecer seriamente eso que llaman “un programa socialdemócrata” que no es, desde luego, una mezcla de gestos a la izquierda (a la que no le bastan ya los gestos) y a la “derecha” del partido sustituyendo al que ganó a Aznar por persona interpuesta -Zapatero- por los que perdieron con el ex presidente y van a volver a perder, precisamente, ante Rajoy, aquella persona entonces interpuesta y ahora, sorpresa, encarnación del cambio justo cuando lo que se desea es el cambio.

El gran mérito de Alfredo Pérez Rubalcaba no es haber dado con un discurso propio y diferenciado, que es imposible, sino su denodado empeño cuando, repito, todo resulta imposible.

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