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Había leído -muchas veces y desde hace muccho tiempo- el poema “Niño muerto” recogido en el capítulo “La nubes” de “La realidad y el deseo”. No sabía, sin embargo, la historia de estos versos, de la que he tenido noticia gracias a la biografía de Luís Cernuda publicada recientemente por Antonio Rivero Taravillo en la editorial Tusquets.
Cernuda, al llegar al duro y melancólico exilio británico, fue contratado como profesor de un grupo de niños vascos que huían de la guerra y de las amenazas que se cernían sobre ellos tras el bombardeo de Gernika (entonces Guernica, como en el cuadro de Picasso, como en otro de los poemas del sevillano)) y el avance las tropas franquistas, que apenas un mes después de su marcha en barco desde Santuce tomaban Bilbao. Era un grupo que había recogido en su fica de Buscot Park Lord Faringdon. En aquella Basque House de Eaton Hastings, por cierto, encontraron acomodo, además de Cernuda, Luis Portillo -que había coincidido con Unamuno en la Universidad de Salamanca y que sería con el tiempo padre del ministro de Thatcher Michel Portillo-, Arturo Barea y Pedro Garfias. A Cernuda no le gustaba el trabajo pero debió hacerlo con entrega y dedicación porque un muchacho, más despierto e inteligente que los demás, al que Lord Fraingdon quería patrocinarle estudios más alevados, no quiso confesarse al saber que se moría pero sí que llamaran al profesor Cernuda para que le leyera poemas en el lecho de muerte. Tras hacerlo, el chaval le dijo: “y ahora permítame que me vuelva de cara a la pared para que no me vea usted morir”. Creyeron que era una chiquillada o una exageración de aquel mozalbete de apenas 15 años, pero se volvió hacia la pared y murió.
Cernuda quedó impresionado y conmovido. No olvidaría nunca esa escena y no quiso volver después a la “colonia” de niños vascos porque aquel acontecimiento le parecía lo más tremendo de lo que le había tocado vivir durante la guerra y el exilio. Y escribió este tremendo, emocionante y conmovido poema que, aunque sea un poco largo, no me resisto a reproducir entero.

NIÑO MUERTO

Si llegara hasta ti bajo la hierba
Joven como tu cuerpo, ya cubriendo
Un destierro más vasto con la muerte,
De los amigos la voz fugaz y clara,
Con oscura nostalgia quizá pienses
Que tu vida es materia del olvido.

Recordarás acaso nuestros días,
Este dejarse ir en la corriente
Insensible de trabajos y penas,
Este apagarse lento, melancólico
Como las llamas en tu higar antiguo,
Como la lluvia sobre aquel tejado.

Tal vez busques el campo de tu aldea,
El galopar alegre de los potros,
La amarillenta luz sobre las tapias,
La vieja torre gris, un lado en la sombra,
Tal una mano fiel que te guiara
Por las sendas perdidas de la noche.

Recordarás cruzando el mar un día
Tu leve juventud con tus amigos
En flor, así alejados de la guerra.
La angustia resbalaba entre vosotros
Y el mar sombrío al veros sonreía,
Olvidando que él mismo te llevaba
A la muerte tras de un corto destierro.

Yo hubiera compartido aquellas horas
Yertas de un hospital. Tus ojos solos
Frente a la imagen dura de la muerte.
Ese sueño de Dios no lo aceptaste.
Así como tu cuerpo era de frágil,
Enérgica y viril era tu alma.

De un sólo trago largo consumiste
La muerte tuya, la que te destinaban,
Sin volver un instante la mirada
Atrás, igual que el hombre cuando lucha.
Inmensa indiferencia te cubría
Antes de que la tierra te cubriera.

El llanto que tú mismo no has llorado,
Yo lo lloro por tí. En mí no estaba
El ahuyentar tu muerte como a un perro
Enojoso. E inútil es que quiera
Ver tu cuerpo crecido, verde y puro,
Pasando como pasan estos otros
De tus amigos, por el aire blanco
De los campos ingleses, vivamente.

Volviste la cabeza contra el muro
Con el gesto de un niño que temiese
Mostrar fragilidad en su deseo.
Y te cubrió la eterna sombra larga.
Profundamente duermes. Mas escucha:
Yo quiero estar contigo; no estás solo.

(A mí, lo confieso, se me saltan las lágrimas al transcribirlo)

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