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No comparto la idea de que la violencia callejera, como la que se ha desplegado recientemente en Londres y antes en otras grandes urbes, tenga su única raíz en la perdida del sentido de la familia en las opiniones públicas actuales. Mucho menos que, aprovechando la reducción de muchas y concatenadas causas a una sola, se quiera, además, imponer un igualmente unívoco concepto de familia de connotaciones religiosas.
Pero este convencimiento no impide la necesidad de una reflexión sobre los modos más próximos a cada individuo de integración social. Dos constataciones estadísticas sobre los implicados en los graves disturbios de Londres me mueven a ello. Primero, que una gran mayoría de ellos declaran no tener ni confianza ni ánimo de obediencia respecto a sus padres y maestros. Segundo -llamativo- que sólo una pequeña minoría de los procesados por los acontecimientos violentos estuvieron acompañados por sus padres en las comparecencias ante los tribunales.
No caracteriza a estos jóvenes que encedieron inopinadamente la llama de la violencia el ser hijos de madres solteras, hijos de padres divorciados, miembros de familias con presencia de la homosexualidad o cualquier otra fórmula que se pretenda demonizar aprovechando los graves acontecimientos de Londres, pero sí parece que eran parte de familias -del tipo que sea- más o menos desintegradas, sin los lazos que podrían definir aquellas.

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