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La economía -y mucho menos la política- no es una ciencia exacta, aunque haya muros tras los cuales se pierde el sentido de la realidad. Pero dentro de ellos no sólo cabe la diversidad de opiniones sino también el razonable convencimiento de que, arrumbados los dogmas, cabe la posibilidad de que lo que se daba por cierto devenga falso por el razonamiento o la experiencia. En momentos de crisis, que en este caso que vivimos no es precisamente coyuntural, las dudas, los embates de las circunstancias, la velocidad inusitada con la que ocurren las cosas, aumenta la sensación de que las certezas son aún más débiles y, en consecuencia, de que los expertos -y los políticos con sus expertos a cuestas- no saben bien cómo encarar los problemas y van dando tumbos que no terminan de resolver lo fundamental. La idea de que no se sabe cómo encarar la crisis y resolver los problemas se extiende.
Siendo complicado el diseño de las soluciones, y todas ellas discutibles, me parece, sin embargo, que hay algunas evidencias (o en todo caso hipótesis más que probables) que quedan al margen del análisis -y de las medidas que serían las consecuencias lógicas- no por confusión, sino por el miedo escénico que producen a la actividad política y por el temor a su recepción en una opinión pública a la que se han hurtado las explicaciones oportunas. Si, por ejemplo, se constata -porque se constata- que Grecia no podrá pagar su deuda (y menos en los plazos de amortización establecidos incluso cumpliendo los ajustes que se le imponen), ¿por qué la política europea busca, incluso con dificultad, operaciones cosméticas que no entren de lleno en lo más tremendo de la situación. Se le presta dinero, tras larguísimos y desesperantes procedimientos, para dar una determinada “impresión” de solución que atiende más a los prestamistas, a sus intereses, que a las circunstancias del país. ¿Por qué no se reconoce que quienes inviertieron en la deuda de ese país, ya sean instituciones públicas o entidades financieras, llevaron a cabo operaciones lamentablemente fracasadas y deben asumir las pérdidas? Porque se teme el efecto en el sistema financiero, la probable necesidad de tener que recapitalizar bancos con escasos fondos públicos, la negativa simplificadora a que unos paguen las deudas de otros, etc. Que no es fácil es evidente, que la ficción de ir posponiendo el único modo de enfrentarse a la cuestión lo termina agravando, también. ¿Es mejor una tasa a las transacciones financieras con el ropaje de que los bancos deben contribuir en estos momentos -con el consiguiente problema de deslocalización de las mismas- a, sencillamente, reconocer que los bancos y fondos públicos o privados tienen pérdidas reales por sus inversiones que se disimulan con unos adelantos que, sólo en teoría, “son para Grecia”?
No creo que el fondo de lo que nos ocurre sea que no sepamos, dentro de la lógica pluralidad de opciones, qué hacer. Las consecuencias de perder el miedo al reconocimiento de la realidad y enfrentarse a los problemas pueden ser, sin duda, muy graves y dolorosas. Me temo, sin embargo, que las del disimulo interesado por intereses inmediatos nos llevan al desastre.

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