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Para contribuir al debate sobre “los mercados”, sin ánimo de pontificar ni de agotar el tema, dos testimonios.

En el mercado de mi pueblo, Raúl Alonsótegui vende verduras de su huerta semanalmente, desde primera hora de la mañana hasta que el género se acaba o entiende que ya no hay modo de vender más. “Usted y los que le acompañan en los otros puestos son los mercados, que están tan de moda”, le digo mientras escucho sus explicaciones sobre los tomates. “No -replica- el mercado somos nosotros y los que compran, sin ellos esto sería absurdo, no es una exposición”. Me intereso sobre el modo en que pone los precios de lo que vende y me explica que trata de obtener lo máximo posible aunque a veces, a media mañana, lo corrige al alza o la baja según cómo vea las cosas. “No me irá usted a decir que se instala aquí y trata de sacar el máximo beneficio posible…”, le digo con aire circunspecto. “¿Hay algo malo en ello?”, pegunta sorprendido. “Si no abusa…”, apunto. “Si abuso, no vendo”, responde. “¿Y las reglas?”. “¿Las reglas? -dice quizá un poco escamado-… Las reglas son que el producto sea bueno y tenga la confianza de los que vienen a comprar”.

Claro que Raúl Alonsótegui no es un intelectual ni siquiera un analista concienzudo de su propia actividad. Vayamos, por tanto, a otro testimonio pra contribuir al debate. En una entrevista en el diario El País, un teórico de la economía con tanta experiencia práctica como la que desea seguir teniendo, define de este modo “los mercados” refiriéndose a la reciente reforma de la Constitución: “Sirve para decirle al mundo entero, a los mercados, es decir, a aquellos que invierten en España, a aquellos a los que debemos dinero…”

Mañana más. Ah, casi lo olvidaba. El último testimonio es de Alfredo Pérez Rubalcaba.

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