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La caótica y contradictoria sucesión de manifestaciones hasta que este jueves se ha sabido por fin los detalles de la “reposición” del Impuesto de Patrimonio es todo un síntoma del carácter de improvisación de lo que pomposamente se llama “debate fiscal”. Al final, una suerte de resultado entre lo que había anunciado el
portavoz del Gobierno y lo que había pronosticado el candidato del PSOE pero
sin conseguir, al parecer, la previsión de ingresos de éste. No sirve la
decisión final para, propiamente, saber quiénes son, desde el punto de vista
fiscal, los “ricos” porque la vuelta al Impuesto de Patrimonio nada tiene que
ver con lo que en otros países, como Francia, se llama impuesto sobre las
grandes fortunas.

La reforma no es, evidentemente, una revisión del sistema fiscal español, ni un modo de evitar que, mediante asesoramiento especializado, empresas interpuestas o SICAV, los que más tienen no tributen por este impuesto recuperado, como no lo hacían antes, causa de su bonificación al 100% muy bien explicada por el presidente Rodríguez Zapatero  en su momento. Tampoco
se trata, complementariamente, de recuperar este tributo para el Estado, lo que
evitaría la negativa de muchas comunidades autónomas a su aplicación efectiva. Simplemente, se gravará a algunos ricos y otros contribuyentes de la clase media alta, nada más. Y se hará además, este año y el siguiente, demostración de que se trata de buscar una recaudación inmediata y hacer un gesto electoral más que dar carta de naturaleza a un criterio fiscal estudiado, coherente y con voluntad de mantenerse en el tiempo.

Más que su significado tributario real vale para zaherir con su recuperación parcial al PP de modo un tanto demagógico (que digan por qué no quieren que los ricos paguen…) e incluso, apremiado por la necesidad del candidato Rubalcaba se algún gesto propio, en contra del criterio del Gobierno socialista hasta anteayer. No le servirá al candidato para ganar, seguramente ni para recuperarse medianamente del fracaso y tampoco debería servir para disimular y evitar un análisis sosegado de los cambios reales y eficaces de nuestro maltrecho e incoherente sistema fiscal.

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