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Muchos socialistasvascos (y también algunos populares) aseguran, quizá en parte como manifestación de un deseo, que el PNV será quién más sufra electoralmente las consecuencias de la irrupción de Bildu ya que “los votantes prefieren el original a la copia”. La expresión tiene su gracia porque bastantes críticos en el seno del PSOE (y también otros colocados ideológicamente a su izquierda), al reprochar al Gobierno una “deriva a la derecha” –que ahora se simplifica con el vaporoso y vacío “neoliberalismo”-, le advierten que los electores votarán al PP porque “prefieren el original a la copia”. Hay también quienes, en el PP o en sus aledaños, llaman la atención de la dirección del partido acerca de posturas internas o desgajadas de su seno en las que la intransigencia o la falta de templanza es evidente, porque, si no se reacciona, perderán parte de sus votantes, los que preferirán “el original a la copia”. En el PSOE resulta complicado hoy afirmar que el PP se va a dar un batacazo electoral en noviembre pero también se oye, y mucho, que, por el empuje de sus seguidores, se impondrá un original (el de los ajustes masivos y la pérdida de derechos) sobre la copia timorata con que supuestamente se presentan.

Todas estas advertencias o amenazas tienen su parte de arma arrojadiza para zaherir al adversario o,simplemente, para caricaturizarlo de tal modo que resulte más fácil la crítica y no se precise un esfuerzo para un debate más serio. Pero también late en esta suerte de estrategias una concepción de la “pureza” ideológica que tendría más éxito en la opinión pública que los matices y los planteamientos no dogmáticos. Sin embargo, tengo la impresión de que la apariencia del mapa político de la sociedad española es muy distinta. Es más, que hay más simplificación y afán de dar la impresión de que cada uno representa el “original” en la política misma que en la generalidad de la opinión pública.

Los votantes se van a otro partido o a la abstención con bastante más naturalidad que los políticos en admitir un error o en explicar que, por las circunstancias, lo que puede ser un deseo o un ideal no se puede llevar a cabo en un momento determinado. Demandan, como revelan los últimos sondeos acerca de la reforma constitucional, más explicaciones, incluso en aquello con lo que están de acuerdo, que las que los políticos ofrecen por miedo a que, a base de aclaraciones, de les tome por copia de algún primigenio original. La preocupación enfermiza por la imagen del partido es una cuita privada de ese curioso panorama político y no de la generalidad de los votantes, que buscan más soluciones que retórica, más propuestas, aunque sean mestizas, que certificados de origen. Quizá parte del distanciamiento entre políticos y ciudadanos esté en que, mientras los primeros buscan la apariencia de una suerte de inefable autenticidad, de una diferencia original ante el embarullamiento de los demás, los votantes entienden mejor que
la política es complicada, que las cosas –como en su vida- no tienen nada de
pureza dogmática, que deben ser ligadas y elegidas las opciones de modo
relativo y circunstancial, que deben ser más explicadas que apriorísticas, que
a veces es mejor una copia plural y selectiva que un original simple y
unidimensional.

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