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Antón Losada –con el que
converso tanto y discuto de vez en cuando- piensa esta próxima campaña
electoral va a ser distinta de las últimas, es decir, que va a estar alejada de
la crispación que ha presidido otras y volcada, con cierta calma, en el contraste
de propuestas. Piensa que es lo que demanda ahora la opinión pública y lo que
se corresponde con la personalidad de los dos candidatos con posibilidades de
ser el próximo presidente del Gobierno.

Yo también tengo buen
concepto de la preparación y de las cualidades, a un lado los programas- de
Mariano Rajoy y de Alfredo Pérez Rubalcaba pero albergo mis dudas sobre el tipo
de confrontación y debate que nos vayan a deparar estos meses que faltan para
la cita con las urnas el próximo 20 de noviembre. Quizá los dos principales
candidatos se sientan más a gusto en una discusión razonable de propuestas para
el momento presente pero, en primer lugar, las campañas son corales y siempre
hay alguien que dice una palabra más alta que otra, una ocurrencia, una crítica
en la que se confunde la contundencia con la descalificación del adversario y
que, de paso, convierte el exceso en el centro de las campañas hasta el punto
que la demanda a los líderes se reduce a pedir reacciones sobre lo que los más
desasosegados gritones acaban de decir.

Y, en segundo término,
es complicado que, después de meses y meses, años ya, con planteamientos bien
distintos vayamos a terminar, precisamente, con una suerte de campaña para
académicos. El PP, buscando una estrategia adecuada para ganar –lo que no
parece que le vaya a resultar difícil-, se siente más cómodo subrayando lo mal
que están y se han hecho las cosas que con arriesgados y dolorosos proyectos
para remontar el desastre. Y el PSOE, consciente de que las cosas son así, se siente
más a gusto, aunque siempre incómodo, esbozando los supuestos males que se
añadirían con el triunfo del PP. Unos no quieren subrayar el programa y otros
no dan con el que  modifique las cosas
tras desarrollar el suyo. El terreno
parece abonado para no dar la razón a Losada: los ajustes autonómicos
del PP no responde, por decirlo gráficamente, a una situación sino a la
ineficacia de sus antecesores (porque ellos nos los harían jamás pro propia
voluntad) y, por otro lado, esos, los ajustes recientes, son, en la retórica
del PSOE, los únicos conocidos, el adelanto de lo que nos espera, como si no
llevaran los socialistas casi año y medio de recorte e recorte.

No pidamos, por tanto
milagros. Veremos si se pueden dar al menos dos circunstancias que se desprenden
del que quizá es el debate más sonado de las confrontaciones electorales, y no
sólo por ser el primero televisado: el de Nixon y Kennedy hasta ya 51 años. El
tópico dice que el ganador, Kennedy, lo fue por su elegante traje oscuro, su
actitud descansada, su buen maquillaje, etc. frente a un hombre constipado,
sudoroso, cansado de un fin de semana de duro entrenamiento retórico, etc. Ni
Rubalcaba y Rajoy serían confundidos con un Kennedy de 2011 no aquel debate fue
sólo telegenia.

Los asesores de Kennedy,
analizando el debate radiofónico anterior, le hicieron ver que un punto débil
de Nixon, que salió bien parado del primer enfrentamiento, había sido plantear
la batalla como un duelo Kennedy, para el que había hablado y al que había
tratado de minusvalorar. La propuesta,
en consecuencia, fue no hablar a Nixon con los ciudadanos como público,
sino a los ciudadanos con Nixon como espectador. No está mal la idea cuando
hoy, en España, los sondeos revelan la paradoja de que hay una mayoría
favorable a la estabilidad presupuestaria aunque, al mismo tiempo, se quejan de
la falta de explicaciones sobre la reforma constitucional y otras medidas
contra la crisis. Kennedy, además, no se presentó como la única alternativa al
“desastre”, sino como una elegante alternativa mejor que la de Nixon, del que
dijo no dudaba de su capacidad para ser un buen presidente.

Veremos. Ojalá mi
escepticismo sea arrumbado por los hechos. Pero por ahora…

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