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A Juan Carlos Mestre lo conocí en la Universidad de Virginia, aveces ocurre que a las personas que tenemos relativamente cerca las encontramos, sin embargo, en una lejana parte del mundo. Tenemos, además, un amigo común, que ha colaborado con él en muchas iniciativas literarias y culturales y que yo, de una u otra manera, he querido siempre tener cerca: Amancio Prada.

Mestre nació en Villafranca del Bierzo en1957. Ha sido un poeta reconocido desde que comenzó a publicar. En 1982 ganó el Premio Adonais con su tercer poemario y en 2009, tras una intensa obra merecedora de otros galardones, obtuvo el Premio Nacional de Poesìa con el impresionante “La casa roja”. Es también un reconocido artista gráfico.

A Juan Carlos no le gustan -o, mejor, no le gustan “especialmente”, los poetas de los que yo me sentía cercano e incluí en la antologia “Los poetas tranquilos”. Pero las teorias literarias, si es que puedo usar esta expresión grandilocuente, no impiden la amistad y un largo cúmulo de detalles inolvidables desde aquel primer encuentro americano. Y tampoco, la admiración por su obra, naturalmente, porque los poemas deben contrastarse, a mi juicio, con poemas y las emociones que suscitan y no, para el lector, con teorías literarias. Y él está entre los grandes.

 

Poema del lejano

El que desterrado por la pobreza
vive sin corazón en lo lejano,
y a nada atiende como suyo
y es lóbrego y cansado bajo el cielo.
El que sale vencido de su casa
y lo arrastra la gente en su murmullo
y transcurre vacío por la calle
y se sienta delante de una máquina.
El doloroso de razón frente a la vida
que muere en la esperanza y no regresa.
A este que nadie ha despedido
y toma el tren un día hacia la aurora.
Nadie lo sabrá, su historia es triste
como un mar que nadie ha descubierto.
No ha querido mirar la primavera,
trabaja por volver, brotar un día
como el árbol florecido que en su huerto
daba sombra y destino a la mañana.
Pensaréis que el cielo habrá de perdonarlo,
pensaréis que el amor,
ciudad y pájaros y torres
sonará de nuevo campanas en sus ojos.
Pero él, que perdido en lo lejano
fue escombro de alameda, ha muerto.
No lo lloréis,
junto a aquel leño oscuro
brotaba un manantial honrado.

De “Antífona del otoño en el valle del Bierzo” 

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