José Antonio Muñoz
Rojas, el poeta fallecido en 2009 poco antes de cumplir cien años, conoció a
don Miguel de Unamuno en Cambridge, cuando al escritor bilbaino le nombraron
Doctor Honoris Causa de aquella universidad. Contaba Muñoz Rojas que, en uno de
los actos académicos, se acercaron a don Miguel algunos estudiantes y le pidieron
que se reuniera con ellos y les dirigiera algunas palabras, a lo que accedió enseguida.
Al día siguiente, pasearon por el campus y terminaron sentándose en el césped. Unamuno
preguntó: “¿De qué quieren que les hable?”. Se hizo un silencio hasta que uno
de los estudiantes le dijo: “De lo que usted quiera, de lo que considere más
importante para nuestras vidas”. Unamuno debió sonreír y les dijo: “Lo más
importante para sus vidas es que elijan bien a la persona con la que van a
compartirla”. “¿Y eso cómo se sabe, cómo se elige bien?”, se animó otro de los
estudiantes. Unamuno respondió: “Deben estar convencidos de que podrán hablar
toda la vida con esa persona”.

Recordé esa anécdota
unamuniana cuando un amigo, famoso escritor hispanoamericano, llegó a Bilbao.
Iba a la Feria de Frankfut, acompañado de una joven pareja a la que había
conocido en una universidad norteamericana en la que dictó unos cursos, y pensó
en recorrer Francia en automóvil y llegar hasta Bilbao, en donde nos
reuniríamos. “Ya hemos llegado”, me dijo por teléfono una tarde, y quedé en
recogerles en el hotel para ir a cenar, pero al llegar sólo bajó él. Pregunté
por su novia y me dijo: “Se queda en la habitación. Es un desastre, todo ha
terminado”. “¿Qué ha ocurrido?”, quise saber. Y el novelista me contó que, en
Estados Unidos, en medio de la clandestinidad de una relación entre un profesor
y una alumna de doctorado, las cosas iban muy bien: encuentros nocturnos, fines
de semana apasionados, escapadas románticas, etc. Viajaron a Europa, asistieron
a los actos de la Feria y se montaron en el coche para iniciar el viaje. “A los
cien kilómetros no teníamos nada de qué hablar”, me dijo con un punto de
amargura. “Tenías que haber estado en Cambridge en el 36”, le comenté.

Y ahora he recordado
los dos episodios al releer la “Balada de la cárcel de Reading” de Oscar Wilde –en
la que dice que la mujer es en parte un ideal y en parte una influencia- y
encontrarme con estos tres magníficos versos:

No teníamos nada que
decirnos;

porque no nos
encontrábamos en la noche sagrada,

sino en el día
ignominioso.

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