Etiquetas

He sido –basta con
revisar el archivo de este blog- de los que se felicitaron en su día del empeño
de Francia y el Reino Unido por conseguir una intervención internacional en
Libia, de los que celebraron la resolución de la ONU en ese sentido y el apoyo
de otros países árabes, de los que se alegraron de que la batalla de los
rebeldes contra la dictadura terminase con Gadafi escondido y alejado del poder
real, de los que han subrayado con interés la pluralidad del Consejo Nacional
de Transición y la buena sintonía de sus dirigentes con las democracias
occidentales.

Anoto todo esto porque
dos hechos recientes me han dejado estupefacto, vamos, todo lo estupefacto que
se puede quedar uno en los tiempos que vivimos. Primero, la declaración del
Consejo acerca de una Libia islámica, adecuada a la sharia. Es cierto que, al
hablar de la sharia, habría que aclarar tanto si esta decisión se acomoda a una
u otra escuela o qué implica sobre la existencia de tribunales que velen por el
cumplimiento de una determinada tradición religiosa en vez de la ley de un
Estado, tanto el catálogo de faltas que se admitan (¿la homosexualidad? ¿la
desobediencia de la mujer al padre o el esposo?) como las penas que se acepten
(¿la lapidación? ¿las amputaciones?), pero no deja de llamar la atención que la
formación de un nuevo Estado venga precedida por preceptos religiosos.

También es cierto que
el Consejo hace al mismo tiempo profesión de fe democrática, pero la gran
cuestión, el déficit del Magreb y el Mashreq –escribe Tahar Ben Jelloun en su
libro “La primavera árabe”- es no reconocer al individuo, que “todo esté
conformado para impedir que emerja en tanto que entidad singular y única”. El
individuo, y no la familia, la tribu o la comunidad religiosa, es el fundamento
de la democracia, pero también, y al mismo tiempo, del respeto a sus derechos
individuales y, entre ellos, la libertad religiosa y la neutralidad de los
poderes públicos ante esas creencias.

Me sorprende
igualmente que la reunión de París sobre las ayudas que Libia necesita haya
hecho abstracción de lo que para sus nuevas autoridades –de Transición, aún no
democráticas- sea el plan y los fundamentos del nuevo Estado. Ayudas,
liberación de dinero bloqueado, cooperación en proyectos, petróleo, etc. no
pueden ser el único intercambio por la intervención de la OTAN y el anunciado
mantenimiento de las acciones militares aéreas y de asesoramiento. El
intercambio fundamental, la compensación esencial a la intervención tiene que
ser la democracia y la libertad. Porque, de otro modo, ni se cumpliría el
precepto de ayudar a los civiles ni el de impedir las agresiones a los
ciudadanos.

 

Anuncios