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Si es verdad, como
cuentan, que, durante el Pleno del Congreso sobre la reforma constitucional,
Alfredo Pérez Rubalcaba le dijo al presidente Rodríguez Zapatero en un pasillo
que se iba a tomar un café porque se dormía, debe ser por agotamiento. Y quizá no
tanto por el empeño del candidato en lograr, incluso a costa de críticas
menores, que los diputados socialistas aprobaran la reforma, y sí por la fatiga
de no dar con la clave para, en las actuales circunstancias, dar con una
alternativa a la política del Gobierno del que ha formado parte. El más importante
problema de Pérez Rubalcaba, a menos de tres meses de las elecciones, no es
elevar a rango constitucional las reglas de estabilidad presupuestaria a las
que el PSOE se resistía, ni la rectificación de la política económica que él
mismo sostuvo (la política y la rectificación), ni el lógico desgaste del
partido por efecto de la crisis. El agotamiento debe provenir de la
imposibilidad real de plantear, ahora, aunque sea como recurso electoral
desesperado, otra política y otro rumbo. De hecho, salvo la propuesta de
eliminación de las diputaciones –que quedó en paños menores-, incluso los “gestos”
a los que se abonan sus colaboradores como una hipotética vuelta a “posiciones
socialdemócratas” son, en realidad, las concesiones que el Gobierno puede hacer
en una operación de imagen para dar paso a sucesivos ajustes.

Desde la subida del
IVA en 2009, y hasta esta última rectificación, el presidente del Gobierno ha
venido diciendo que hacía lo que hacía, aunque no le gustaba, por
responsabilidad. Los barones socialistas, sobre todo cuando se acercaba las
elecciones autonómicas, quisieron, a su vez, desligarse del foco de los males poniéndose
la venda antes  de la herida (electoral)
y señalando que, así, con esa política, no había modo de ganar en las urnas.
Ahora, de cara a las inmediatas generales, el candidato dice que él no habría
hecho las cosas de la misma manera, el presidente añade que comprende que no le
guste pero celebra que lo acepte por responsabilidad, y los barones insisten en
que sus candidaturas no tendrán el respaldo buscado por, y sólo por, la “responsabilidad”
de los demás.

Recuerdan la anécdota
que contaba Borges sobre el director de la Biblioteca de Buenos Aires que,
cuando triunfó la Revolución, ordenó a un empleado que quitara los retratos de
Perón. “Eso nunca”, respondió, y el director, sin inmutarse, respondió: “De
acuerdo. Entonces será usted el encargado de custodiarlos si entra una turba y
quiere destruirlos”. El empleado no tardó en señalar que, para evitar malos
mayores, quizá convendría bajar los retratos. Están, pues, bajando los
retratos, como si nunca hubieran sido partidarios del presidente, como si no
hubieran respaldado y sido responsables de lo que se ha hecho, como si no
hubiesen sido incapaces de ofrecer una alternativa, aunque fuese para el
debate, ni en sus propias comunidades.

La fatiga del
candidato, perfectamente comprensible, es, en este momento, consecuencia de que
no puede ofrecer “otra” política económica ni propiamente una continuación
distinta de la que él mismo ha impulsado. Y que, entre los que se aprestan hipócritas,
aunque sea por desesperación,  a bajar
los retratos y los retratados en ellos, no encuentra tampoco un equipo que dé,
aun someramente, la impresión de que, con el tiempo, pueda hacer una u otra
cosa.

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