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Vaya por delante que
me cuento entre los que se felicitan de que Patxi López, con el programa que
expuso en su investidura y con el apoyo del PP, sea lehendakari. Estimo,
además, que la gestión de su Gobierno ha sido razonable en medio de las
dificultades y que tiene razón al subrayar que, en esta legislatura, lo que
llama “la presión de la democracia” ha conseguido que el aire para respirar en
el País Vasco sea más fresco y más limpio. Si López estuviera representando una
obra de teatro –que es algo más serio de lo que pueda pensarse- diría que, en
líneas generales, me gusta el guión (y su concreto papel). Pero también que me
chirrían algunas sobreactuaciones y determinados gestos, tentación de los
actores que, en el fondo y aunque sea ocasionalmente, se creen más importantes
que la obra, capaces de mejorarla en vez de interpretarla, de darle de vez en
cuando la vuelta.

Así, en su
comparecencia pública de esta semana, el lehendakari ha querido sustentar su
optimismo en la suposición de que los ciudadanos ya “vislumbran” lo que va a
ser la paz, fundamentalmente por la relativa tranquilidad de las fiestas
veraniegas en el País Vasco. Sin embargo, su propio programa explicitaba que la
paz no era sólo la ausencia de violencia, sino el logro de una libertad que a
los vascos se había hurtado y que no es un “deseo”, una utopía al final de un
túnel más o menos iluminado, sino el imperio de la ley y el escrupuloso respeto
a los derechos humanos y a lo que Orwell llama “la decencia pública”. Estoy
seguro de que López sigue pensando lo mismo pero debería tener cuidado con el
guión –y las palabras- porque no resulta gratificador que los ciudadanos
piensen que la paz que se vislumbra sea la pasividad ante los gobernantes de
una parte del País Vasco que niegan la legalidad y la dignidad humana y, de
paso, la sensación de que, en todo momento, en vez de la misma ley, hace falta “algo
más” ante quienes han apoyado o ejercido la violencia para asegurar así la
tranquilidad.

El lehndakari, por
ejemplo, se quiere quedar al margen de la sugerencia, hecha desde sus propias filas,
de analizar una posible moción de censura al diputado general de Guipúzcoa,
argumentando que, en el fondo, es un problema de Bildu. No lo es, desde luego,
porque la indecencia de los gobernantes, la consideración despreciativa e
instrumental de los ciudadanos, es un problema de todos y se puede esperar que
los representantes políticos reaccionen y aseguren el marco democrático que no
sólo está en el derecho a acudir a las urnas. López puede considerar que la
moción de censura no le gusta, pero no puede no reaccionar –institucionalmente-
y soportar –políticamente- lo que ocurre. Porque no puede ser eso lo que se “vislumbra”.
El problema es que, queriendo dar un determinado perfil a su papel, no acaba de
saberse desde el patio de butacas cuál puede ser su posición real ante Bildu,
el modo de enfrentarse a lo que políticamente supone, después de haber metido
el “chorizo” de que la legalización, que al parecer deseaba, era ya la garantía
de todo, del programa y la actuación de la coalición.

En ese terreno
proceloso, el lehendakari debería explicar mejor que pueda significar eso de
que, disuelta ETA (que es una terminología que le deja a la banda más
iniciativa que a la lucha contra el terrorismo), “podemos hablar de cómo
construir la convivencia entre todos”, u deseo tan ambiguo que da para todo en
un terreno en el que, ni mucho menos, se puede aceptar todo. El propio López va
a presentar en septiembre un “Plan de convivencia”, es decir, antes de que
previsiblemente haya desaparecido ETA, además de que la convivencia democrática
no puede ser otra cosa que el respeto a las libertades y el cumplimiento de la
ley. La condena, la persecución y la puesta a disposición de la Justicia de los
terroristas de hoy y ayer no es un añadido, sino la ley. El reconocimiento de
las víctimas, igualmente. No hace falta “un relato”, como ahora se dice, sino
el Estado de Derecho. Y, por lo tanto, no hay nada nuevo que se pueda hablar,
distinto de lo de ahora, cuando ETA desaparezca, sobre todo cuando, al formular
demasiado espontáneamente un “papel activo”, se puede dar la impresión de que
es precisamente a cambio de la desaparición cuando sus valedores podrán
plantear algo que hoy no se quiere escuchar.

 

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