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Ya sé que me meto en
camisa de once varas escribiendo hoy del Real Madrid. Ni soy socio, ni seguidor
de ese club ni tengo autoridad ni conocimientos para hablar de “el mejor equipo
del mundo” como dicen hinchas y observadores. Pero bueno, por una vez…

Mi abuelo fue uno de
los 17 fundadores del Athletic de Bilbao, así que hemos vivido siempre con esa
pasión y con el especial escorzo que conlleva ver el mundo del fútbol desde esa
posición. Con mi padre fui por primera vez a San Mamés y aprendí lo que sé y lo
que he olvidado. Junto al relato de pretéritas copas ganadas al Real Madrid
(incluido el episodio o la leyenda de que en una ocasión recibieron al equipo
con un cartel que decía “A ver si os dejáis ganar alguna vez”), lo que no he
olvidado es que mi padre, entre las instrucciones que me daba en la tribuna de
San Mamés, siempre insistía en que, allí, al único equipo que era obligatorio
recibir de pie era al Real Madrid. “Luego, si se puede, se la gana en el campo,
pero se le recibe de pie”.

Quizá por eso se me
quedó el respeto por ese club que aún tengo. Y por lo que significa para tantos
españoles, madrileños o no, y fuera de nuestras fronteras. En un pueblo perdido
del Estado de Kentucky, asistí una Navidad al primer oficio de una amiga, que acaba
de ser nombrada pastor del templo de una confesión protestante. Muy amable, me
iba presentado a algunos de sus feligreses con el orgullo de que alguien, desde
tan lejos, se hubiera desplazado para la ceremonia. Un viejo me agarró las
manos y, después de dar muestras de enorme esfuerzo, me dijo: “¡Oh, España! ¡San
Fermín, la Giralda, el Real Madrid…!”

El fútbol es ahora más
competitivo que nunca y, en esa lid, todo acaba valiendo, desde la entrega y la
técnica en el campo hasta poner nervioso al rival antes y después del partido.
Jugadores marrulleros –y eficaces-hay en todos los equipos. Una palabra más
alta que otra, aunque sea lamentable, se va convirtiendo en algo común, como
viejo es el recurso a enemigos de todo tipo que, desde los despachos, son los
culpables de que no se haya conseguido lo que se esperaba. Pero, sinceramente,
siempre había esperado que un club como el Real Madrid, por su historia y su
grandeza, por lo que ha supuesto y significa, impidiera a su entrenador
comportamientos tan groseros y chulescos como los de Mourinho, palabras
escupidas tan desafortunadas como lamentable es su concepto de lo que es “cosa
de hombres”, etc. Es verdad que no se lo merece el club pero también que al
club corresponde impedirlo e imponer elementales normas de decencia y cortesía
además, o por encima, del buen juego.

Lo que pasa, ya que me
he metido en camisa de once varas, es que quiero seguir recibiendo en pie al
Real Madrid en San Mamés. Al Real Madrid y, si es posible, a su entrenador.

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