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A veces tengo la
impresión de que los responsables de nuestra política económica, en cuanto
reparan en la gravedad de la enfermedad que padece, responden –y quizá así se
consuelen- que se trata de una enfermedad muy extendida y que, además, el
origen está por determinar pero, desde luego, no es por nuestros malos hábitos.
Sin embargo, y al margen de que la extensión de la dolencia ni consuela ni cura,
nuestros malos hábitos están de lleno en los orígenes de nuestros males y, lo
que es más penoso, en buena parte de los remedios que se han ido poniendo en
marcha.

Mal hábito fue la
burbuja financiera, mal hábito el dramático endeudamiento público y privado,
mal hábito los balances que de todo ello tuvieron las entidades financieras,
mal hábito no modernizar la economía y su competitividad amparados en que las
cosas iban bien y, después, muy bien. Mal remedio ha sido atajar tarde y mal el
endeudamiento, mal remedio la insufrible demora de la reforma del sistema
financiero, mal remedio el miedo con que se han abordado, casi siempre de modo
forzado, las reformas estructurales necesarias.

El drama, ante la
urgencia, ante el gravísimo problema de seguir pidiendo dinero y empeorar la
situación, es si lo que hay que hace no puede hacerse, por falta de voluntad
política, antes de que el nuevo Gobierno se constituya tras las elecciones de
noviembre. Porque la situación se deteriora y los últimos datos de crecimiento,
o de falta de él, revelan que no podremos cumplir los objetivos de reducción
del déficit sin nuevos y dolorosos recortes. Hay una cierta corriente de
opinión que, con evidente influencia, insiste en que los recortes y la
ortodoxia financiera y presupuestaria son un mandato ideológico y particular,
no un criterio objetivo. Las “sugerencias” de Merkel y Sarkozy en esta materia
han sido tomadas así. Pero lo que es impepinable, en muchos países y en el
nuestro, es que la crisis, además de afectar a un instrumento tan valioso como
el euro, es, por todo lo dicho, de deuda y así debe ser contrarrestada.

Faltan horas para que
se reúna el Consejo de Ministros y sabremos si, siguiendo un programa ya
conocido o proponiendo una cirugía invasiva, edulcorando las cifras con
parciales y ocasionales mejoras o exponiendo con toda claridad la gravedad de
la enfermedad, es posible encarar estos meses que faltan hasta que haya un
nuevo Gobierno o tenemos que limitarnos a escondernos en la tormenta sin poder
impedir terminar calados.

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