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Al mismo tiempo que se
establecía contacto con los disidentes sirios (es poco decir disidentes ante
las masacres que se han sucedido), el Gobierno español, según informó El País,
envió a Damasco a Bernardino de León para tratar de negociar una salida al conflicto
que pasaría, entre otras cosas, por el ofrecimiento de asilo al dictador. Este
tipo de maniobras, de dudoso éxito por el momento, muestran sin embargo la
incapacidad de la comunidad internacional para imponer otras más acordes con la
ética que debería presidir las relaciones internacionales.

Tras la resolución de
la ONU para intervenir en Libia, muchos se han preguntado cuál era la
justificación, ante lo que se iba sabiendo que ocurría y sigue ocurriendo en
Siria, de un trato tan distinto a dos países en los que sus respectivos
dictadores no dudan en usar el ejército leal para masacrar a los oponentes y,
así, mantener tan odiosos regímenes. “No tenemos petróleo, no vendrán” dijo
Walid Mousalen, el ministro de Exteriores sirio, mientras que diferentes
líderes occidentales, desde Tony Blair a Rasmussen, el secretario general de la
OTAN, se refugiaban en la falta de un mandato de la ONU. En realidad, lo que
tiene Siria no es la ausencia de petróleo sino un conjunto de alianzas que le
protegen. Es el primer aliado de Teherán, con las correspondientes conexiones
con Moscú y Pekin, y contrapesa apoyos mutuos con Hezbolah y Hamas. Una
intervención internacional no tendría, en este escenario, el respaldo
suficiente en la ONU –se ha visto que incluso para sanciones de calado- y
podría desencadenar un conflicto más amplio en un mundo que, olvidado el utópico
nuevo orden, se sigue rigiendo por la fuerza y la amenaza. La ONU, a estas
alturas (y con todas las dictaduras del mundo en su seno) es, más que una
autoridad supranacional razonable, una disculpa.

Téngase en cuenta, en
este contexto, que al aprobarse en el Consejo de Seguridad la exclusión área en
Libia, ya se puso de manifiesto por los estrategas militares que para hacer
factible el fin de la era Gadafi era necesaria una intervención sobre el
terreno que la ONU, después de innumerables negociaciones, impedía. Así, lo que
la opinión pública pensaba que iba a ser una operación rápida se ha convertido
en algo demorado en el tiempo y, por el momento, de dudoso éxito.

En Siria, los
opositores, que son conscientes del polvorín que suponen las alianzas del
régimen, no piden la intervención internacional, pero si sanciones
contundentes, que no se producen, y la denuncia de Assad ante el Tribunal de la
Haya. Pero nada de esto ocurrirá en un mundo en el que la fuerza se combina con
la hipocresía y en el que la salida de las masacres pasa, en todo caso, por el
voluntario exilio del dictador entre nosotros. Se supone que, en estas
circunstancias, y por mucho que Obama hable telefónicamente con Erdogan, no se
incautarán los bienes de Asad y sus familiares y cómplices o que están, en todo
caso, a la espera de su hipotética llegada.

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