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El jueves de la semana
pasada falleció en Praga Václav Janke, primo de mi abuelo, el último
superviviente de los campos de la familia. Aunque sólo le había visto dos veces
en mi vida, quise ir a su entierro pero la premura no me permitió estar allí a
tiempo. Le rindo ahora el homenaje de unas líneas ya que no pude hacerlo en
persona.

Estuvo  en los campos siendo un adolescente, junto a
su madre, y vivió el tormento de tantos judíos de los países del este de
Europa: al ser liberados del encierro nazi pasaron, casi sin respiro, al tormento
del comunismo. No quería hablar de ello cuando le conocí. O no respondía o lo
hacía con monosílabos que su hija, a la que sobrevivió, alargaba en la
traducción. “¿Se puede olvidar la angustia de la vida en el campo de
concentración?”. “No”, respondía. Y su hija traducía al francés: “Dice que no
y, a veces, porque algo de lo que ha visto o leído le recuerda aquellos años,
le sorprendo llorando en silencio”. Su apellido, como el mío, procede de una
reducción de Jankélévitch (que mi bisabuelo, en Bilbao, cambio por Yanke para
que lo pronunciaran correctamente) y su nombre responde a una de las más viejas
tradiciones checas. Le dije en una de esas visitas que era curioso que tuviera
apellido judío y nombre católico y, muy serio, me respondió: “Tengo nombre y
apellido checos”. Me parecía un hombre, si no triste, melancólico.

Ahora su nieta, en un
español más que notable y con un aire gótico, como si fuera un texto de Milos
Urban, me dice que sí, que estaba allí aunque no hubiera podido ir, y que me
enviará dos fotos: una de él, “sonriente” dice, y otra de su tumba en Polevsko,
la antigua Blottendorf del Imperio Astrohúngaro del que se marcharon los dos
hermanos Janke que, junto a otros emigrantes de los Sudetes, llegaron a Bilbao.
Con los recuerdos de uno de los viajes, y las sensaciones que me produjo, escribí
un poema que reproduzco ahora como último homenaje.

 

Estuvieron siempre a desmano,

siempre demasiado lejos

y, a menudo, un tanto enfermos.

A nosotros sólo nos salvó el sexo

que, además de estigma paradójico

de la muerte, tiene algo de refugio

de urgencia y, a veces, largas consecuencias.

En mi familia, el árbol de la vida

se hizo con el disfraz de los abrazos

en los que el placer es más efímero

que el miedo, y el miedo

enseña diversas formas de esconderse.

Sin ese pavor tan lento

habríamos desaparecido –ellos,

y con ellos nosotros-

antes del tumultuoso horror de los campos,

y de que las cámaras de gas

hablaran –amarga es en ocasiones la ironía-

el mismo idioma que nuestros mayores.

Asustados, laboriosos, melancólicos,

unidos siempre por misteriosos lazos

y cargados con una identidad incomprensible,

se la forjaron recordando su agonía.

Y yo los recuerdo ahora para acortar la distancia

y dar, de paso, señales de vida.

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