Etiquetas

, ,

La pasión no asegura
la genialidad aunque seguramente la genialidad, para mostrarse, necesita algo
de aquella. Los presidentes de Gobierno que hemos tenido desde la Transición
han sido, cada uno a su modo y con diferente éxito, apasionados. La mayor parte
de ellos, con un ansia hamletiana de “cambiarlo todo en todas partes” o, al
menos, de dejar sentadas nuevas bases en el desarrollo del país. Adolfo Suárez,
inicialmente contra pronóstico del público, quiso enterrar el franquismo y
poner en marcha, en un escenario de dificultades económicas y políticas, una
democracia. En el 82, Felipe González vivió con pasión el “cambio”, contemplado
como la confirmación de la democracia en el momento en que la izquierda, con su
nuevo programa y sus nuevos protagonistas, llegaba al poder. Catorce años
después, José María Aznar, gana las elecciones con aquella “segunda transición”
e incluso, al revalidad su triunfo con mayoría absoluta en 2000, teoriza acerca
del final definitivo de la guerra, al confirmase un Gobierno conservador que,
al parecer, tantos años de socialismo y de recuerdo del conflicto, convertían
en algo parecido a imposible. Y qué decir de Zapatero que, llegado por
sorpresa, dio pronto la impresión de que llevaba en La Moncloa todo el tiempo
(o era el primero de la ocupaba): ni el comienzo de la Transición de uno, ni el
final del otro, ni la segunda del tercero. Él iba a hacer la Transición
verdadera. Para todo eso, aunque no se alcanzara siempre la genialidad, hace
falta, sin duda, pasión.

Me queda, claro,
Leopoldo Calvo Sotelo, que para algunos se escapa a la nómina de apasionados.
No lo creo. Este efímero presidente, aunque durante su mandato se tomaron no
pocas decisiones importantes, ocultaba entre la apariencia distante y el
sentido del humor, otra pasión, más intelectual pero no menos viva. La del
orden, no el orden público entendido de modo reducido y ordenancista, sino el
imperio de la ley, el único modo de salir del caos de la España de entonces (con
el 23F y sus tensiones en el paquete. Hay que ser en el fondo apasionado para
convocar unas elecciones que se iban a perder y para, como dijo irónicamente, “volver
a aprender a leer”.

Ahora, sin embargo,
tenemos dos aspirantes a la presidencia que no parecen precisamente
apasionados. Ni se les toma por tal ni se les elogia por ello. Los partidarios
de Mariano Rajoy, cuando se le reprocha “falta de liderazgo” o falta de
activismo por quienes tal consideran importante, responden que es un dirigente
eficaz y preparado. Los de Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando se ponen de
manifiesto las dificultades del PSOE o la herencia de un Gobierno en el que él
mismo ha sido parte fundamental, replican con una idea similar: ha demostrado
suficientemente su solvencia y eficiencia. Quizá por falta de pasión se pone a
veces en duda su liderazgo. Los apasionados anteriores fueron atacados,
duramente a menudo, pero no se dudaba de su carácter de líderes apasionados.
Rajoy mantiene, quizá un tanto irónicamente, la nube del “fuego amigo”;
Rubalcaba tiene que repetir que el líder del PSOE es él.

Cada cual es como es,
lógicamente, pero quizá estas opciones respondan al ánimo del país mejor que
otros candidatos más apasionados y apasionantes. No estamos, desde luego, en
momento de fundar nada, sino más bien de gestionar adecuadamente la estructura
que malamente nos sostiene y que, si se logra apuntalar el edificio, pueda ir
retirándose. Si se demanda gente como nosotros pero más eficaces que la media,
tipos normales experimentados como “segundos” a los que, en un momento de crisis,
toca tomar las riendas, son los candidatos del momento. Pero las cosas están ya
de tal modo que, aún sin pasiones desbordantes, hace falta una buena dosis de
genialidad en la conducción política. Veremos si, en contra del tópico, puede
haber en diciembre genialidad sin pasión.

Anuncios