Lo confieso aquí por no decírselo a ella: tengo miedo a mi vecina. Debemos tener horarios parecidos (conociendo los míos sería mejor decir que los dos no tenemos horario) porque me la encuentro a menudo, bien en el portal, bien el ascensor. Cuando éste se detiene, al bajar, en e l tercero, ya tiemblo. Sonríe siempre. Inicia la conversación en cuanto nos encontramos y la interrumpe, sin alargamientos forzados, en cuanto toca separarse. Nunca es una charla intrascendente. Habla de las aspiraciones y las dudas de sus alumnos, de las últimas declaraciones de un político, de cómo van cambiando las costumbres. Habla mucho pero también pregunta y, al responder, aunque sea asustado, parece poner tanta atención que uno descubre el significado de ser escuchado.

¿Por qué la temo entonces? Porque, cada día, me recuerda a la mujer que describía Sándor Márai con una breve y gráfica pincelada: dice “sólo soy una mujer” y uno escucha “sólo soy las cataratas del Niágara”…

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