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La connivencia del PNV
de Guipúzcoa con la Izquierda Abertzale le ha llevado a una situación electoral
catastrófica y a las disensiones internas cada vez más abiertas. Ha perdido la
gran mayoría del poder municipal que tenía, en dura disputa con los
socialistas, la propia Diputación Foral y, además, se está destrozando el
consenso formal en el partido entre los más “soberanistas” y los más moderados
y “transversales”. Y ahora, en medio de quejas públicas, amenazas de
depuraciones, con un Egibar que ha dejado de ser intocable y sin la red
clientelar que el PNV tenía en las instituciones, ya no hay tiempo para esperar
la calma porque las elecciones generales –la confección de listas y programas-
están a la vuelta de la esquina.

Todos los partidos
tienen crisis internas y mejores o peores resultados en un momento determinado.
No suele ser tan común que una formación política se venga reiteradamente
abajo, como le viene pasando al PNV en Guipúzcoa, cuando al mismo tiempo
obtiene resultados razonables (como en Álava) o espléndidos (como en Vizcaya).
El PNV, por otra parte, revela con estas diferencias y estas críticas, un debate
intrapartidario no resuelto porque la connivencia de Egiba y sus colaboradores
con la Izquierda Abertzale no es la exigencia de que Bildu fuese legalizado –o lo
sea Sortu-, sino la búsqueda de un territorio y una estrategia común que se ha
dado en llamar “acumulación de fuerzas nacionalistas”.  A un sector del PNV, al parecer, no sólo les
vale un proyecto político en el que la independencia suponga un pacto
totalitario (y su particular liquidación) sino que considera que es el único
posible. Han pasado de la coincidencia con ETA “en los fines pero no en los
medios” –como si fuese posible en política- a coincidir con la Izquierda
Abertzale en los medios y en los fines. Y el otro sector, hasta ahora, no ha
querido reaccionar seriamente ante ello por miedo a la escisión o a las
batallas internas. Y dicen que el problema es de los demás.

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