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El diferencial de la
deuda española con el bono alemán ha alcanzado este jueves los 400 puntos, lo
que no sólo es un aldabonazo psicológico sino la ratificación de las dudas de
los inversores sobre nuestra economía y, en su caso, sobre las posibilidades
reales de un rescate teniendo en cuenta, además, la situación de Italia. Con
este panorama, comienza España unas vacaciones de agosto que, desde luego, no
pueden extenderse a la política y a la necesaria y urgente reacción.

Ni sirve de nada ni
responde a la realidad echar siempre la culpa a otros. O son las especulaciones
contra el euro, o el efecto de Grecia o Portugal, o el catálogo de problemas de
la economía de Estados Unidos, o las malvadas agencias de calificación, etc. Si
el enemigo no puede ser siempre exterior, se busca otro que sea “otro”: el
Gobierno de hace ocho años, por ejemplo, que permitió la burbuja inmobiliaria
que, como se sabe, ya puestos a ironizar, el de Rodríguez Zapatero combatió
como primer objetivo desde que llegó al poder.

Pero los problemas,
aunque sea en un determinado contexto internacional e interdependiente, son
nuestros y, por eso, las turbulencias no nos afectan del mismo modo que a
países cercanos, incluso de la zona euro. La desconfianza que genera España
está fundamentada, es cierto, en nuestro excesivo gasto, que opera como un
peso, pero, sobre todo, en una estructura económica que impide el crecimiento y
que conlleva dudas graves sobre nuestra capacidad de recuperación y de atención
a las muchas obligaciones de pago que vamos imponiéndonos. La discusión sobre
el oligopolio o los beneficios de las agencias de calificación es interesante,
pero la cuestión urgente es si la desconfianza –que también la tienen los
españoles cada vez que se les pregunta- responde a la realidad o es una
ficción. Y creo que responde a la verdad, una verdad que se agrava con la
velocidad con la que hoy se mueve la economía.

Las medidas y reformas
que deben ser puestas en marcha, algunas largamente pendientes y otras tomadas
a medias por el efecto del miedo escénico, no resolverán nuestros problemas de
un día para otro, pero son urgentes y precisan hoy (hoy, no en septiembre, no
tras las elecciones de noviembre) decisión política y el concurso de todos. Es
una responsabilidad que no se puede ni obviar ni disimular.

Es, evidentemente, una
fórmula pero revela una actitud eso de que el presidente retrasa sus vacaciones
para seguir la evolución de la deuda y los mercados. Revela esa manía, de la
que a menudo somos presa, de que hay más que esperar que hacer. Pero hay más
que hacer que esperar y no tenemos ya tiempo.

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