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La primera reacción
ante los asesinatos y los actos terroristas del noruego Breivik es –como se ha
visto tanto en los comentarios periodísticos como en la calle- calificarlos de “locura”.
Es un modo de definir un acontecimiento que no queremos aceptar pero en ningún
caso una calificación forense que, de un modo u otro, diluiría la
responsabilidad y el significado del uso de la violencia para imponer, o para
creer que así podrían imponerse, unas ideas. El asesino es, sin duda, un
fanático, un fanático violento además, pero no parece que sea un loco, como no
lo son otros de los muchos terroristas que abundan.

Es un asesino con
ideas, con un planteamiento político. Es cierto que los numerosos y largos
escritos en los que, antes o en torno a sus asesinatos, se ha expresado son un
conglomerado confuso, una arbitraria acumulación de textos recogidos de
distintas páginas de Internet o de lecturas mal digeridas, pero en este puré
mental se pueden distinguir, a mi juicio, algunos elementos accesorios de otros
más fundamentales, al menos en lo que toca a lo que le ha llevado a actuar como
lo ha hecho. Advierto, sin embargo, que, al menos en España, se ha desplegado
una sórdida utilización de los textos de Breivik para el nefasto ejercicio, en
palabras de Spaeman, de “salirse con la suya en vez de ser razonable”. Si el
asesino se declara sionista, ahí está la causa de su violencia. O el caldo de
cultivo de una violencia latente que se convierte en un extenso peligro –todos los
sionistas o los partidarios o defensores de Israel- que hay que contener. Si se
declara cristiano, lo mismo. Si escribió firmando como “conservador” se
extiende la manta sobre los “neoliberales” o “neoconservadores” (términos que
aquí se utilizan con una ignorancia histórica y semántica que llama la
atención) como un riesgo de que en ese espectro ideológico –y no en otro, al
parecer- puedan surgir asesinos como el noruego. Podría seguir pero creo que
con esos ejemplos queda ya claramente dibujada la falacia. No he leído ni
escuchado, como rápido contraejemplo, que se atribuya peligros violentos a ser
ecologista o admirador de Kafka, que también dice serlo, aunque sí le he visto
definido como el terrorista que citaba a Adam Smith aunque lo citara colateralmente
y, además, mal.

Habría que subrayar,
en primer lugar, que las ideas políticas, por si mismas, están conectadas
directamente con los medios. O con los principios, entendidos como los límites
que no se pueden rebasar. La violencia es injustificable no porque los
objetivos y las ideas que se quieran imponer no sean “suficientes”, sino porque
su mero ejercicio la convierte en la ideología del terrorista. La procedencia
del terrorista de la izquierda o de la derecha, de cuya variedad que la
historia está llena,  no los distingue en
cuanto al juicio que merece: es la violencia el medio y el planteamiento
ideológico, la imposición por el terror o la coacción. La violencia del
fanático contamina las ideas del terrorista hasta convertirlas en algo
distinto. El terrorista de ETA, por citar un ejemplo cercano, no quiere la independencia
del País Vasco sino un País Vasco independiente totalitario y reprimido por el
terror.

Esto no quiere decir
que no haya ideologías que, a diferencia de otras, no sean el caldo de cultivo
propicio para esta bárbara mutación. Y lo son aquellas que, afectadas por el
totalitarismo, se oponen a la sociedad abierta, a la sociedad que no quiere
imponer unos valores sino garantizar la democracia y la libertad de los
ciudadanos. Las ha habido a izquierda y derecha pero, en el campo de esta
última, parece extenderse extremosa y peligrosamente un totalitarismo de esta
especia en la Europa de nuestros días. Tiene manifestaciones políticas
concretas, que vienen obteniendo un éxito desorbitado en algunos países, y
manifestaciones sociales más subterráneas y no menos, si no más, alarmantes. El
hecho de que también haya populismos de izquierda que, como los extremos, se
confunden no quita un ápice de gravedad a esta realidad lamentable.

Parece el caso de
Breivik, que odia a los socialistas en el poder en Noruega no porque se opongan
a un determinado concepto del capitalismo, sino porque los ve como la puerta
por la que se cuela una concepción nacional “auténtica”, es decir, con unos
valores, tradiciones y características –hasta raciales- que no surgen de la
libertad de la ciudadanía, sino de una “esencia” que debe imponerse. El odio
que tal planteamiento implica sí que es el caldo del cultivo de la violencia,
que debe ser combatido con la firmeza democrática y sus instituciones, con la
libertad y el imperio de la Ley.

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