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La primera vez que fuí a una universidad norteamericana (la de Kentucky, hace casi 25 años), el director del Departamento de Español que me había invitado me hizo varias advertencias que iban desde el tabaco a las costumbres del lugar. La que más me llamó la atención fue que las sonrisas de las alumnas en el campus no significaban nada. Insistió en ello, como si de entrada me viera demasiado atrevido, haciéndome notar que si en Europa una sonrisa podía tener algún significado, aunque fuese un leve gesto de simpatía, allí se trataba de algo mecánico, sin más. Uns sonrisa norteamericana, al parece, no va dirigida a alguien en concreto, no tiene un sentido o un significado específico (por muy variados e inocentes que estos puedan ser), sino que se asemeja a un tic meramente convencional, somo si fuese -me dio la impresión- la constatación automática de una presencia, la de quien sonríe, y no la constatación de que se ha reparado en la existencia de quien la recibe.

En Europa, salvo excepciones, la sonrisa, incluso la que se regala al desconocido con el que uno se cruza, significa algo más, al menos una muestra de simpatía, el reconocimiento del otro. Ni se sonríe siempre ni se sonría a todo el mundo. Es un gesto, es decir, un movimiento con sentido, y no un tic automático. Si aquí se puede constatar, con la ilusión que sea, que “me ha sonreído”, con la intención que sea, en Estados Unidos, según el profesor de Kentucky, sólo se podría certificar que “ha pasado y me ha visto”.

Quizá todo se debe a la velocidad con la que transcurren las cosas que, sin duda, afecta a las costumbres. Allí todo va más rápido, excesivamente rápido quizá, y puede ser que algún resorte interno acabe subrayando que la persona con la que nos encontranos seguramente, en el tráfago vertiginoso de las cosas, no vayamos a volver a verla. Se sonríe sin más como quien se despide de alguien que no encontaremos de nuevo. En esta Europa lenta (recuerdo ahora la definición de W. Allen del cine europeo como aquel en el que se ve crecer la hierba) ese mecanismo interior debe decirnos que seguramente habrá un nuevo encuentro, aunque sea fugaz, en el que las sonrisas puedan tener otro significado.

Leo ahora que la regla de la cortesía en Rusia exige no sonreír, no demostrar cercanía con un gesto. mostrarse distante. Quizá allí lo ideal es no encontrarse nunca. O, en todo caso, sólo tropezarse.

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